Balada de «la China» Luna

La llamaban “la China” por esos ojos rasgados que parecían sonreír eternamente. Sor Rosario la quiso bautizar Luna porque, sobre su piel de noche, los cristalinos ojos azules parecían reflejar el albedo de nuestro satélite. El padre Mateo estuvo de acuerdo si se anteponía el nombre de María, María Luna. Luna creció entre amigas, y entre padres y madres que lo eran por su condición de monjas y de sacerdotes, y averiguando el mundo con los asistentes sociales. Le dieron los dieciocho con un título de auxiliar de geriatría, un pastel de cumpleaños, una invitación a salir de la casa de acogida y la vaga promesa de que siempre tendría un lugar en el corazón de todos.

Luna durmió, día sí, día no, en un albergue municipal. Malcomió mientras arrastraba su currículo de un geriátrico a un centro socio sanitario mañana sí, mañana también, viendo tan solo días vacíos que vaciaban su alma y secaban sus lágrimas. Al fin, una tarde de lluvia fina, la encargada de la empresa de limpieza le dijo: Vuelve mañana por la mañana, necesitamos personal.

Luna, limpiando oficinas a horas tempranas, pudo pagar el alquiler de una habitación en un barrio de extrarradio. Su mundo cambió y creyó ver una luz al final. Relajada y confiada cogió de la mano a Iván, un compañero, luego cogió algo más y “la China” Luna se infló con un crio que a Iván se la soplaba. La China no estaba para pamemas, abortó, y le dolió el alma.

“la China” Luna, subió a encargada y gestionó un equipo que limpiaba en el ayuntamiento. Marcos, su supervisor, atraído por su piel negra y sus ojos glaucos, y “la China” Luna, abrazada a su historia y necesitada de amor, alquilaron un piso en el barrio. Luna vio futuro sin adivinar los celos ni los palos que acabaron llevándola durante un tiempo al Hotel Hospital.

“la China” se enfadó con el mundo, hasta que comprendió que su enfado debía ser con Luna. Alquiló un piso pequeño, se esforzó por llegar a supervisora, folló lo que quiso, con quién quiso y con todas las precauciones. Se puso a estudiar on line. A los cuatro años tenía una cría encantadora, un título de auxiliar de enfermería y la convicción de que ser madre soltera era lo que mejor cuadraba con ella.

Luna, o “la China”, cumplió los treinta y siete encinta de un niño y con un contrato de enfermera en una clínica privada. Miraba al Sol sonriendo y la lluvia ya no cubría sus lágrimas. Celebraban juntos los cuarenta y dos años de Luna el día que le dijeron que era personal fijo de un hospital público, entonces le regresaron las lágrimas. De alegría.

El primer martes de un agosto cálido “la China” Luna, con su hija a un lado y su hijo al otro, miraba asombrada por la ventanilla del avión. Un cosquilleo, que no sabía si era de felicidad o de vértigo, le recorría el vientre.

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