La niña blanca

Los días empiezan como empiezan. Si sabes que empiezan, es que comienzan bien, no has muerto la noche de antes, pero a partir de ese inicio las cosas evolucionan a su aire, y no siempre como tenías previsto.

Cuando vi a la niña blanca empujando el trasnochado cochecito de bebé y cruzando la avenida hasta desparecer tras un alto edificio de oficinas, lo achaqué a mi falta de decisión para enfrentarme al médico drogata. Me explico: Ese día me desperté con una fuerte cefalea, consecuencia, sin duda, de la sinusitis que me acompaña desde niño, mezclada con los aires acondicionados de dentro y las altas temperaturas de fuera. Ni el ibuprofeno aliviaba mi entrecejo. Incapaz de concentrarme dejé la oficina y fui a urgencias. Era pronto, un pronto de lunes de julio, no había gente y me atendieron rápido. La enfermera, una morena sonriente y rubicunda, me tomó la tensión.

—Pues, para ser hipertenso, está usted perfectamente —Como ya he llegado a esa edad en la que cuando te tratan de usted, te la sopla, le respondí con una sonrisa—. Dentro de un momento le llamará el doctor —Esperé sabiendo que no me iba a atender ningún doctor, sino un licenciado, pero a los médicos les gusta regalarse doctorados y los civiles lo aceptamos con veneración.

Al primer vistazo me cayó bien, era de mi edad, más o menos, todo humanidad y bonhomía, hambre no pasaba, eso seguro. Al conocer mi cefalea y saber de mi tabique nasal, desplazado, que me producía la sinusitis, se puso rápidamente en mi lugar. Empatizaba totalmente porque tenía el mismo problema, una alma gemela, vi la luz, quizás antes de encender la vela.

—No hay nada más jodido que no poder respirar bien —dijo—. No hay calidad de vida. A mí me operaron con catorce años y no me sirvió de nada. A ver qué podemos hacer para mejorar lo tuyo…

Y siguió hablando y hablando de su problema. Mientras, me tomó la tensión, Ya me la ha tomado la enfermera, Da igual, y siguió hablando de sus cosas a la vez que me indicaba que me tocara la nariz con los índices y los ojos cerrados, que subiera y bajara los hombros, que me dejara caer lateralmente sobre la camilla y me incorporara, que caminara con los ojos cerrados y yo qué sé que más.

—Voy a hacer todo lo posible por…pero, claro, en la profesión médica no está muy bien visto, no debería…pero te entra el aire como si tuvieras dos tuberías —Abrí los ojos esperando que especificara el milagro—. Los vasoconstrictores, pero hay quien dice que dan problemas, y no están bien vistos. A mí me funcionan, los tomo desde pequeño, pero también dicen que son adictivos, así que no, te miraré otra cosa. Pero yo los llevo usando toda la vida y a mí no…

Era un adicto, el «doctor» era un adicto. Empecé a mirarlo de otra manera mientras él seguía hablando, emocionado de tener delante a un paciente al que revelarle su verdad.

—Mira te voy a recetar un inhalador que…bueno lleva cortisona, pero te mejorará, ya verás, y agua marina…yo uso una marca que me va de miedo, es un poco cara pero…

—Eso es suero fisiológico para caprichosos —le dije. Me miró mal.

—No. Tiene muchas propiedades, no como el suero fisiológico, ya verás cómo mejoras. Lástima que los vasoconstrictores estén mal vistos, a mí me metió en ellos una tía mía, y muy malos no deben de ser, porque tiene noventa y siete años y sigue inhalando.

Yo quería coger las recetas, salir de allí con mi cefalea y tirarlas a la basura, pero al médico le quedaba un último acto.

—Acompáñame.

Me llevó a un box, y mientras me clavaba una aguja en el culo dijo: «Ahora te tumbas un rato, te he inyectado una dosis de Nolotil, ya verás cómo la cefalea desaparece». Me giré, lívido, para verle la cara pero ya se estaba yendo. A la media hora me levanté con un globo de cojones y, navegando errático llegué a su despacho.

—Oye. Es que con la inyección estoy como flotando…

—Sí —dijo—. A algunas personas les pasa. Yo me lo inyecto y no me entero. ¿A que ya no te duele la cabeza?

Me despachó las recetas y me fui flipando hasta la parada del autobús.

Entonces, durante la espera, vi a la niña blanca. Una joven de no más de veinticinco años, con una larga melena negra y una piel pálida, increíblemente pálida, que empujaba un cochecito de niño antiguo, pasado de moda, esos cochecitos de cuatro ruedas grandes, con radios, y una capota que parece la cúpula de la basílica de San Pedro cortada por la mitad, todo en un riguroso color azul marino. Otro detalle me llamó la atención: el vestido. Una camisa blanca y una falda marrón carne, que hacían que la chica pareciera todavía más transparente. No le di más importancia. Seguí viendo a la niña blanca durante varios días. Yo sentado en la parada del autobús y ella, estricta en su horario, cruzando la avenida con su carrito. Yo pensaba en qué tipo de madre sería, en si su pareja también sería trasparente, o si sería un negro bien negro. Imaginé que juntos serían la imagen perfecta de Chanel. Perdía el tiempo dejando correr mis pensamientos de manera absurda mientras esperaba el autobús.

La última mañana que la vi se había adelantado dos minutos a su hora, el semáforo estaba en rojo, pero no se detuvo, siguió la marcha como cada día, y el camión de la cerveza arrolló a la niña blanca y a su cochecito. Me acerqué corriendo, un grupo de vecinos se arremolinaban alrededor del cochecito, pero no había ningún bebé, ni tampoco la niña blanca.

— ¿Quién cojones ha tirado este coche de bebé delante de mi camión? —gritaba el conductor.

— ¿Qué me había inyectado el médico? —Me sigo preguntando.

 

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