Virtudes teologales – Fe

Tras el sermón la gente abandonaba la plaza del Templo asintiendo, dando la razón al «Gran Conciliador», que ya se retiraba al salón de visitas. Junto al «Ara de peticiones», sentado y mirando a la pared negra como mandaba el protocolo,  Hypron esperaba a ser recibido.

—Hypron, gírate, mira al suelo y escucha —dijo el «Gran Conciliador»—. Harás ofrendas de aceite de nenúfar a Lorhen al salir el sol, cuando esté en el cénit y después, al ponerse.  Orarás a su esposo Lorhian dos veces en la noche mirando el reflejo de la luna en un espejo de cobre bruñido. Nada más. Es lo que ordena el «Libro». ¿Lo entiendes?

Hypron asintió e hizo el gesto de alzarse para salir del salón caminando de espaldas como era perceptivo. Casi se mata.

— ¡Súbdito inepto, levántate! Ni te he mandado salir ni el camino atraviesa el facistol del «Libro sagrado». No he acabado contigo. Te prohíbo, bajo pena de fusión universal, utilizar tus artes oscuras y tus hechizos. La Fe, y sólo la Fe puede  salvar la vida de los «Tres». Es lo que conocemos y es lo que sabe el pueblo, porque así se lo he comunicado. Orar a Lorhen y a Lorhian, mirar a los astros y esperar la decisión suprema. No hay nada más allá de la fe en la verdad suprema. Me importa un ardite que el rey te haya nombrado su médico. Si usas tus ungüentos, tus hierbas y tus compresas, acabarás empalado por infiel. ¡Mira! Los tres mellizos del rey no han superado «La Vergana». Los tres han vuelto enfermos tras los cuatro días de abstinencia en el delta de Río Abajo. Ninguno parece un digno sucesor del rey, y, si alguno sobrevive, será gracias a la fe del pueblo y a sus oraciones. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. ¿O acaso quieres morir Hypron  el de las hierbas? O el de las aguas sucias, o de la cerveza, o como rayos quieras que te llamen. La Fe y nada más que la Fe. Y ahora retírate.

Hypron escogió un grupo de cuatro asistentes, un varón y tres mujeres, todos ciudadanos, que se estaban educando en la Scola, y dos esclavos: una mujer Shonei con tres aros rojos de conocimiento y un joven y ágil Abashom que estaba aprendiendo la escritura. Por las noches, cuando dejaba el ala de palacio donde estaban los mellizos y reposaba sus cansados huesos en el jergón de lana, Hypron  se preguntaba durante cuánto tiempo el rey confiaría en él. Hizo dormir a los mellizos con el frío entrando por las ventanas y cubiertos tan solo por una sábana. Sabía que los Shonei aliviaban de esa manera los calores malignos que decían fiebres. Cuando los criados trajeron la jarra de agua y el pan húmedo, los lanzó por la ventana del torreón y mandó a una de las ciudadanas a buscar un galón de cerveza en las cocinas.

—Sé discreta. Es tarde pero puedes cruzarte con alguien. Vigila que no te vean.

Hypron observaba. Se había pasado la vida observando, y se había dado cuenta de que los monjes y los nobles, que no bebían otra cosa que vino y cerveza, enfermaban menos que la plebe, los artesanos o los comerciantes. Siempre que un noble cogía fiebres venía de un largo viaje o de unos días de caza, cuando era frecuente beber agua de arroyos y charcos por falta de aguamiel, cerveza o vino. Y los monjes, que si viajaban iban de monasterio en monasterio, estaban todos sanos y con los mofletes colorados. Él no sabía por qué pasaba, pero pasaba. No le daría agua a los mellizos, ni agua ni comida humedecida con agua. Durante dos semanas Hypron pudo torear la vigilancia del «Gran Conciliador» y mantener aislada el ala de palacio donde reposaban los mellizos. El rey, adocenado y ausente como la mayoría de los reyes de aquellos tiempos, pasó un par de veces, bastante indolente, a visitar a sus mellizos.

— ¡Ay, si viviera madre! —susurró la melliza. Y los dos hermanos respiraron profundo.

Durante el culto del séptimo día una de las tres ciudadanas que formaban parte del equipo de Hypron fue arrollada por un carro de bueyes. El «Gran Conciliador» le envió en su lugar a una esclava llamada Tosho.

Habían pasado cinco semanas cuando el «Gran Conciliador» se presentó en la que ya llamaban «El ala de los muertos». Dio un saludo de cabeza a los presentes y se acercó a los mellizos. Hypron, dijo, no tienes fe. Ni la tienes ni la quieres. Tosho me ha hablado de tus brujerías. Tiras la comida por la ventana y les das alimentos impuros. Los estás matando porque no tienes fe. Voy a acabar con esto.

—Señor —dijo Hypron—. ¿No ve que hablan? ¿Qué están mejor? ¿Qué se están curando?

— Sí. Y veo la mano del Impuro ejecutada a través de ti. Veo lo que no me interesa ver.

La Plaza del Templo estaba a rebosar, todos esperaban la comparecencia del «Gran Conciliador» junto al Rey y a los «Tres». Se hizo el silencio al recortarse una larga sombra sobre el muro del balcón. La alargada figura del «Gran Conciliador», escoltada por el Rey a su derecha y los «Tres» a la izquierda, apoyó las manos sobre la balaustrada, luego las alzó e invocó a Lorhen y Lorhian. Los rayos de sol atravesaron un enorme cristal curvo amagado en una azotea y crearon una ilusión que hizo arrodillarse al pueblo.

— ¡Ciudadanos libres, pletóricos de Fe! —Bramó el «Gran Conciliador»—. Mirad aquí y observad cuánta vida rezuma en los cuerpos de los «Tres». Vidas que se iban y que solo la Fe ha podido rescatar. Vidas que pusimos equivocadamente —Señaló al rey— en manos de herejes y magos que estuvieron a punto de matarlos. En manos de infieles que usan artes oscuras en lugar de apoyarse en la luminosa Fe en nuestros Dioses. Y por eso nuestros Dioses, La bella Lorhen y el sabio Lorhian, quisieron hacerles entrar en la verdadera Fe, y ellos, negando la revelación, rechazaron la oferta y cayeron al vacío, precipitándose contra las rocas que apuntalan el palacio, prefiriendo una muerte sucia e indigna antes que abrazar la auténtica Fe. Pues sin Fe no hay vida. Sin Fe no sois nada.

 

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