El carrito de la compra

Temprano salía. Muy temprano; cuando al sol aún le faltaba una carrerilla para asomar por el este y el cielo clareaba con un azul sucio, indeciso. Sebastián, a paso firme, erguido y altivo, cruzaba la ciudad de punta a punta, caminando. Arrastraba su carrito de la compra con soltura, con cierta elegancia, llegaba a su destino, descansaba un rato y regresaba. A pesar de su avanzada edad Sebastián se conservaba en buena forma, todavía con una altura por encima de la media, enjuto y con una calva orlada de blanco níveo, llamaba la atención. De regreso al barrio, saludando amablemente a sus convecinos, entraba en el supermercado, dejaba el carrito de la compra atado en un lugar destinado a ello y paseaba entre los pasillos atiborrados de género hasta estar seguro de que ningún conocido rondaba por el local; entonces salía, cogía su carrito de la compra con el paquete de macarrones y el bote de tomate que Cáritas, allá en la otra punta de la ciudad, le había dado, y regresaba a casa.

— ¡Qué! ¿De la compra? —le preguntaba la Loli, la del segundo.

— ¡Ya ves, como siempre! —respondía Sebastián con una sonrisa.

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