El baldaquino

Nada que ver con el de Bernini, en el Vaticano, y, por supuesto, debajo no hay un San Pedro ni un san nadie, pero cubre el altar de unos cien niños que se desfogan bajo él y a su alrededor de lunes a domingo. Aitor es uno de ellos.

Es un baldaquino de acero de unos quince metros de altura soportado por cuatro columnas cilíndricas metálicas y, desde que alguien, el ayuntamiento, se supone, lo colocara ahí poco antes de que Aitor naciera,  nadie entiende su significado.

A sus enormes ocho años, porque Aitor no es precisamente pequeño, dio una patada al balón, que voló y voló hasta el centro de la cubierta, al lugar donde se unen los nervios de acero que refuerzan la absurda estructura.

Todos los chicos abrieron los ojos como platos al ver como el balón desaparecía mágicamente a los quince metros de altura. En la escuela no se habló de nada más durante la semana.

El sábado Aitor bajó al baldaquino junto a Moha y Walter. Los tres vivían en la plaza, sus madres y padres los controlaban desde las ventanas.

El balón era de su hermano mayor, un balón de reglamento. Si no aparecía lo pasaría mal. Aitor estaba convencido de que la magia no existía. Moha chutó otro balón hacia arriba, subió unos metros y cayó al suelo. Walter lo envió hacia adelante y le dio en la cabeza a otro chico, pidió perdón. Aitor acertó a la primera y, sí, ese otro balón también desapareció. Asustados volvieron a sus casas.

— ¡No mientas! — Le recriminaba a voces su hermano Víctor—. Os los habéis dejado robar. ¡Verás mamá! — Aitor bajó la cabeza y se puso a llorar.

Aitor, Moha y Walter bajaron después de comer a observar el baldaquino por todos lados, buscando la manera de escalarlo. En una de las columnas había unos pequeños escalones que llegaban a la plataforma. Aitor, decidido y pensando en su hermano, quiso encaramarse. Afortunadamente el señor Manolo, el quiosquero, lo vio le dio cuatro voces y les explicó a los tres lo peligroso que era.

Ya desde casa, Aitor se pasó la tarde y parte de la noche mirando el baldaquino desde la ventana de su habitación. No sabría decir la hora, pero no había gente en la plaza, hubo un apagón, todo quedó a oscuras y, entonces, unas luces azules y diminutas empezaron a bajar por la columna de los escaloncitos, formaron una mancha compacta en el suelo y se desplazaron hacia unos muebles desvencijados que habían dejado unos vecinos, los rodearon y los llevaron al centro del baldaquino. En un segundo, no supo cómo, los lanzaron hacia arriba, desapareciendo por el mismo lugar por donde desaparecieron las pelotas.

Bueno, dijo una luz azul, nueve años recogiendo muestras antropológicas son suficientes. Poned los motores en marcha. Aitor, con los ojos como platos, vio como las cuatro columnas se ponían a sacar humo y el baldaquino partía hacia el cielo. Dos pelotas cayeron sobre la plaza, ya despejada.

 

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