Castúo

Fue un agosto de principios del siglo XXI cuando recibí mi primera clase de castúo. Para entonces ya llevaba muchus añus comprindiendu a Filín a Jimenez y a otrus, Toa una vida de veraneos en el pueblu.

Era de nochi, y el bar del Hogar del pensionista aún seguía abierto. Alrededor de una mesa de la terraza estábamos tomando una copa. Serían las doce, en agosto se agradece la fresca, cuando apareció Pacote. Pacote parece arisco, hosco, antipático, capullo, retraído y misántropo. El clásico tío al que le darías dos hostias. Pero si tu hermana es la Guillerma, estás casado con la Upe y tienes dos hijas maravillosas, es que eres un tío fenomenal, más de pueblo que un cagajón de oveja y que te has construido una coraza para que no te molesten.

— ¿Quieres algo? —Preguntó Lali. Lali llevaba toda la vida medio enamorada de Pacote, no por nada, es que Pacote bailaba y cantaba divino.

—Buenu —Respondió—. Un mediu con casera —Le dijo a gritos a la camarera—. Peru con comuelgu.

Esa fue mi primera clase de castúo. Un mediu, eso ya lo sabía, es un vaso de vino de pitarra, a ser posible malo, por el precio, lleno mitad y mitad con casera marca La Casera. El castúo no tiene normativa, va como va, de un pueblu a otru se jabla difirenti. Un tal Gabriel y Galán hizo un intento de normalizarlo en su poesía. Pero ni asina.

Comuelgu, se ha de escribir comuelgo, se pronuncia como te salga y significa hasta arriba, pero sin rebosar. Una copa con comuelgu tiene esa curvatura que le da a los líquidos la tensión superficial, pero sin haber derramado una lágrima. Servir eso desde la barra a la mesa tiene cojones, ovarios y muchos aplausos.

Pacote acercó los labios, sorbió, puso cara de felicidad, dio las gracias a Lali, se levantó y fue a sentarse solo en una esquina del patio.

 

La segunda clase impartida por el mismo docente ha sido hace ná. Esti veranu del corfinamentu y la bicha china. Que si dicin que l’han fabricau pa jodernus.

Eran sobre las doce de la noche, parece que esa es la mejor hora para las lecciones de castúo, hablábamos de cosas banales, yo me refrescaba el cuello con la copa de gin-tonic, Pacote apareció de pronto y se amorró al ventanal del bar de la plaza para pedir, la mascarilla en el codo, y a gritos, ¡Pedrito, Una caña! Que Pedrito fuera su cuñado no tenía ninguna contraprestación. A Pedrito se la soplaba. Entonces apareció un hombre. Segunda lección de castúo.

— ¡Hombre, Pacote! ¿Quedamos mañana? ¿A qué hora vienes a tomarte la cerveza?

—Pues si vienes asín, asín más tardi.

—Pues… ¿A la una y media?

—Esu mesmu.

 

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