El pintor

 

Creo recordar que era de noche. Una noche amable. Posiblemente a principios de otoño. Lo que es seguro es que yo había dado por finalizado el cuadro, lo había firmado y, tras una cena frugal, fui a acostarme.

Unas horas después, tal vez por la edad, tuve ganas de orinar. Él estaba allí, durmiendo en el sofá, con un libro sobre el pecho y con el brazo cubista reposando en los genitales. No dije nada. ¿La sorpresa? ¿El miedo? Acababa de pintarlo aquella noche y horas después estaba durmiendo en mi salón como si tal cosa. Un mal sueño, pensé. Oriné y volví a la cama intentando relajarme.

Los amaneceres son fantásticos. Todo vuelve a su lugar. El hombre estaba en el cuadro mirando un libro tras un caballete con una tela. Mal sueño, seguro. Desayuné como un señor, me duché, me vestí y me fui a encargar unos lienzos más a Piera, mi tienda de referencia, en Pintor Fortuny, cerca de las Ramblas de Barcelona. Comí en la Plaza Universidad mientras bocetaba en mi libreta. Tras el café con hielo y el chupito de orujo blanco regresé a casa. No eran ni las cinco de la tarde y el hombre volvía a estar sentado en el sofá. Yo juraría que me saludó, pero del miedo corrí a mi dormitorio, cerré la puerta y me tumbé en la cama. El orujo, esto ha sido el orujo.

A eso de las ocho asomé el morro. El hombre estaba en el cuadro mirando un libro tras un caballete con una tela. Tal y como yo lo había pintado. Hay qué ver cómo es el cerebro, y las malas jugadas que te puede causar. Llamaron al timbre. Era el pedido de lienzos que había encargado por la mañana.

No lo recogí yo. Lo recogió el hombre del cuadro. Desde entonces no tengo claro quién ha pintado a quién.

 

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