Cloe

Pelirroja, pura alegría y de golpe triste. Se sentó en el mismo banco donde yo leía un libro, colgó el teléfono y se puso a llorar. Era joven, no tendría más de veinticinco años.

— ¿Qué te ocurre? —Pregunté.

—Nada —Respondió sollozando—. Es igual.

— ¿Cómo que nada, muchacha? —dije—. Si eres un mar de lágrimas. ¿Qué te ha pasado? ¿Un novio? ¿Una ruptura?

Asintió mirando al suelo, dejando caer las lágrimas sobre el asfalto. Ruptura, Sí, balbuceó.

—Mi madre, he llamado a mi madre. Me ha dicho que estaba en la cocina con Cloe.

— ¿Y?

—Cloe soy yo.

 

 

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