Desde el balcón

La sirena de la ambulancia sin prisas suena. La ambulancia sin prisas acorta la rotonda en contra dirección poniendo en peligro a varios vehículos. Sé que es la ambulancia sin prisas porque es raro que haga lo mismo y a la misma hora cada día. No tiene prisa, solo toca los huevos aprovechando su sirena. Siguiendo la trayectoria de la ambulancia sin prisas miré a la derecha y hacia abajo, y allí estaba la segunda, con su mascarilla, su carro de la compra y su bastón.

La segunda es segunda de cuatro. Los hombres no hacen eso, al menos los de aquí no. Esos que vienen de fuera sí, los nuestros no. Son ellas, las de aquí, las que lo hacen. Nos queda mucha caspa que quitar.

En mi calle hay cuatro y parece que van a turnos. Creen que con la mascarilla nadie las va a reconocer. Se equivocan. Yo, al no ser muy sociable, las numero, pero el resto del barrio sabe perfectamente sus nombres y apellidos.

La dos de cuatro luce elegante; mafaldas malva, falda malva plisada y blusa azul turquesa holgada. Su pelo negro recogido en un moño aguantado por un lápiz deja ver sus ojos, sonrientes y libres de maquillaje. Yo soy más de una que de dos.

Una de cuatro es mayor, me recuerda a mi suegra. El equipo es el mismo que la de los demás, carro de la compra y un bastón, pero ella sale en bata y zapatillas, y maquillada como si no existiera un futuro. Cada treinta segundos se baja la mascarilla para respirar.

Tres de cuatro y cuatro de cuatro van en chándal. Tres con zapatillas deportivas y cuatro con zapatos de tacón. El pelo exageradamente rubio, medio maquilladas y cara de no ocurre nada, soy feliz. Hablan muy alto, pero eso no es ilegal.

Esos carros son prácticos. El palo lo es mucho más. Dos ignoró el azul, el verde y el amarillo. Se centró en el gris. Lo abrió y, con el palo, revolvió el interior del contenedor esperando encontrar algo aprovechable o comestible. Metió unos tomates, una lechuga y unos pantalones tejanos en el carro, y regresó a casa para preparar la cena y celebrar el cumpleaños de su hijo mayor.

Al cabo de un rato llegó cuatro.

 

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