El balcón

Rocío se asomaba cada mañana al balcón con su pelo corto asediado por una toalla y el albornoz ajustado sobre su cuerpo desnudo. Le encantaba ver cómo el sol aparecía sonriendo tras la montaña de Montjuic, o, dependiendo de la época, de los espigones del puerto donde varaban los transatlánticos, que el Sol sale por el Este, pero no siempre por el mismo Este.

Era julio de 2021, con un virus suelto dando por culo, y Tomás, en el edificio de enfrente, como todos los días desde el inicio de la pandemia, se sentaba en su terraza a mirar la calle. Tomás no tendría más de sesenta años y se le veía bien, vigoroso, alto, parecía fuerte y, antes del virus, siempre lucía una sonrisa.

Quedaban trece días para las vacaciones. Rocío hacía planes con un amigo de esos de roce; bueno, algo más que de roce, un amigo íntimo desde la infancia. Galicia, este verano a Galicia, difícil ir a Estambul con el virus, pues pulpo a feira. Al regresar del trabajo Tomás seguía en su terraza mirando a la calle, y así seguiría hasta las ocho y media de la tarde. Tomás parecía un hombre disciplinado y puntual. Al día siguiente, sábado, Rocío lo vio salir por el portal de su edificio, caminar los quince metros que lo separaban del supermercado de  Ahmed y regresar con el carrito de la compra lleno. Al poco rato Tomás se volvía a sentar en la terraza mirando a la calle. Todos los sábados el mismo ritual.

Lo que tienen los barrios es que la gente te suena, incluso sabes los nombres de algunos por haberlos oído en la farmacia, en el quiosco o en la tienda, pero eso es todo lo que sabes. Si como Rocío tienes imaginación, el resto te lo inventas. Para ella Tomás era un viudo, prejubilado y aburrido que no iba a los viajes del IMSERSO por devoción enfermiza a una esposa difunta y, que a falta de obras que mirar, por la crisis, miraba la calle y sus peatones.

Este hombre se ha confinado de manera estricta, pensó, para pasar un duelo. A los pocos días se fijó en que, al pasar la gente por la calle no movía la cabeza. Siempre mira al mismo sitio, dijo, a esa papelera. El sábado, cuando él baje a la compra, bajo yo y hablo con él. Acto seguido llamó a su amigo para preparar la compra de billetes a Galicia.

Tomás se sentó en la terraza, mirando a la calle con un bol con dos huevos duros y lechuga. Hablaba solo. Rocío no sabía leer los labios, pero Tomás estuvo media hora, al menos, hablando solo. Bueno, pensó Rocío, eso nos pasa a todos. Tomás comió, dejó la bandeja a un lado, y a Rocío le dio la sensación de que lloraba.

El sábado Rocío se sentó en el balcón esperando que Tomás bajara al supermercado. Tomás se levantó de la silla, Rocío, esperando que Tomás entrara en casa a coger el carro de la compra, también se levantó. Tomás se lanzó por la terraza, un octavo piso, se estrelló contra el suelo a un metro de una señora que salía de la farmacia y, por supuesto, murió.

Rocío leyó que la policía encontró en la casa el cadáver de la esposa, muerta por el virus en mayo de 2020 según las múltiples marcas en el calendario que había en la cocina. La imaginación de Rocío acertó, y días después viajó a Galicia.

 

 

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