La soledad

Son las tres y cuarto de la mañana. Estoy solo en casa. No tengo costumbre y casi tengo un ataque de ansiedad. No pasa nada, ella no está porque está de fin de semana en la montaña, con sus amigos. Él ha salido de fiesta y no vendrá hasta que le dé la gana, lo normal a su edad. Nunca había estado dos días solo en casa.

Pienso, ya es raro,  en tiempos futuros, en soledad cierta, y me siento en las montañas de la locura de Lovercraft y dentro de la gruta en la montaña de Peer Gynt, y noto que, si llega, no merece la pena. ¿Para qué? ¿Para qué joderle lo que les queda a los demás? Creo que no tiene sentido.

Vuelvo a la cama, duermo y sueño. En el sueño hablo con gente que no conozco, pero es amable y simpática. Veo rostros que jamás había visto, gente que habla y que no escucho. Son reales en la irrealidad del sueño. A veces cálidos y a veces terroríficos. Veo pasar las horas, ahora creo que duermo, ahora pienso que estoy en una vigilia extraña.

Luego me giro en la cama y noto su calor. Ha llegado, su espalda contra mi pecho me relaja. Caigo en un sueño profundo que agradezco. En el sueño no hay soledad, no hay pérdida, solo ficción. El sueño es lo que es, algo dúctil  y, como dúctil, complejo. Me relajo acompañado, regreso a esa profundidad divina hasta que al girarme mi brazo va a por ella y ya no está. Me sobresalto. Me asusto. Me viene la soledad y el miedo.

Era hora de ir al lavabo. Solo eso. Vuelvo a mi mundo de ensueño, cálido y profundo. Vuelvo con esas gentes extrañas, con esos rostros cautivos en mi cerebro, con algunas aventuras livianas y mundos difusos, raros, cautivadores u odiosos. Entonces escucho ruidos y vuelvo a la vigilia, sobresaltado. Son las seis y llega él de donde sea que venga. Recorre la casa desde el estudio a la cocina, sin pudor. Ya me es imposible conciliar el sueño.

La gata me persigue hasta las siete. Ya he preparado el café, le he puesto agua y comida, y le he dado alguna chuche de gata. Él duerme el día, ella se va a las ocho y quedo solo un día más. Es curioso, el buen gusto y la ideología no tienen nada que ver. A mí Grieg me lo presentó un fascista, hijo de un fascista reputado y conocido. Hicimos atletismo juntos, vivíamos en la misma calle. Capitán Arenas me estalló unos segundos antes que a él. Con Grieg  tumbado en mi cama hice toda mi carrera.

El fondo de mis estudios  ha sido Peer Gynt, su danza de Anitra, la gruta de la montaña y un tal Ibsen, al que no debe de conocer ni dios, y que escribió el texto. Si alguien no ha leído o visto una obra de Ibsen ya llega tarde. A correr. Lovercraft no tengo claro que pinta, salvo el terror mejor narrado. Son sueños. Son soledad.

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