La mano

Ha sido esta mañana, durante el desayuno, repartiendo mantequilla sobre una tostada, mientras la cafetera borboteaba y la mermelada se templaba. No había leche, no tomo. El sol salía y se filtraba por la puerta de la terraza, alegraba el día tras una semana de nubarrones. Me encanta ver como se funde la mantequilla sobre una tostada caliente, recién hecha. La cafetera, la tostada y la bomba de calor templaban un día frío, de esos que te van enseñando el invierno por si te habías olvidado de su existencia. Me he puesto a pensar en las uñas, tengo unas uñas asquerosas, entre óleos, acuarelas, acrílicos, cocina y disolventes, son una mierda. He de comprar un cepillo de esos de mano, he pensado. Ella ya se había ido, a su hora. Yo quedaba en casa un día más, preparé mi mesa. Coloqué el hule, la paleta de las acuarelas, los pinceles, el vaso con agua, los tubos de acuarela y el trapo, el bote de gomas de borrar y el pincel de limpiar.

Entonces conté. Conté tres. Una de ellas con las uñas limpias, perfectamente cuidada. Me cogió del cuello con fuerza. Me ahogaba. Me desperté en el momento adecuado, sudando, solo había dos. Desayuné una fruta y me duché mirándome las manos.

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