El buen amigo

Sentado en el quicio de la puerta, como el abuelo de Víctor Manuel, así estaba yo un siete de julio a las siete y media de la mañana, esperando que en Pamplona soltaran a los cabestros, seguidos por los toros. No ocurrió nada de eso. Por los auriculares del móvil los de la radio hablaban del virus y del confinamiento. Me fui a levantar para hacer un desayuno de hombre, como hacía mi padre los fines de semana, pan con tomate, fuet, queso y media botella de vino. Entonces noté la mano del buen amigo sobre mi hombro.

El buen amigo no era gran cosa. Pequeño, enjuto, pálido y con una amplia sonrisa que se dejaba querer. Le pregunté su nombre. No tenía, tan solo buen amigo. Desayuné con él y tenía un buen saque. Buen amigo dijo que venía de otro pueblo y que quería instalarse en el mío. Se trasladaba porque ya no tenía más cosas que ofrecer en el otro pueblo.

¿Y qué ofreces? Le pregunté. Buena amistad, comprensión, ayuda y apoyo, Contestó. Bueno, dije, ¿Y dónde vas a vivir? En cualquier fonda, respondió, no tengo muchas manías. ¿Puedes indicarme una?

Le di la dirección de la fonda de Marta y el buen amigo se fue. En ese momento ni se me ocurrió preguntarme cómo el buen amigo había entrado en mi casa.

La fonda de Marta está muy bien, dijo el buen amigo. Era lunes, yo estaba en mi trabajo, fui al lavabo y el buen amigo salía de él para decirme que la fonda de Marta… eso. ¿Cómo has entrado en el edificio? Es que los ordenanzas son muy majos, contestó. Pero a Marta le debe de pasar algo. Que no debo meterme, lo sé, pero la noto triste. ¿No estará enamorada de ti? Y perdona la pregunta, no es mi intención inmiscuirme.

Yo me quedé estupefacto. El buen amigo era muy majo, pero llevaba un día en la ciudad y, sí, a mí me gustaba Marta, pero Marta tenía una pareja, y ¿cómo se atrevía el buen amigo? Si hacía un día que nos conocíamos. El buen amigo tardó semana y media en conseguir un trabajo. Le caía bien a todo el mundo. Realmente era un buen amigo. Ayudaba siempre, te acompañaba en tus problemas, era solidario, su sonrisa era contagiosa y su sentido del humor descacharrante.

Yo me llevaría un pan de pagés, dijo el buen amigo, en lugar de la baguette. Hace más romántica la cena. Ceno solo le respondí. Eso nunca se sabe, contestó. Y cené solo hasta que sonó el timbre de la puerta. ¿Marta? ¿Qué haces aquí? He dejado la fonda en manos de mi hijo y he salido a dar una vuelta. Necesitaba airearme, y el buen amigo me ha dicho que te veía triste.

Esa noche intentamos follar. Estábamos en ello cuando volvió a sonar el timbre. ¿Claudia? Hola cariño, dijo mi ex, El buen amigo me ha dicho… ¿Qué hace Marta aquí? Bramó. Cerró la puerta violentamente y se fue. Tras ella salió Marta. Me quedé solo a las tres de la madrugada. El buen amigo, con su buena voluntad y su  empatía, la cagó.

Unos días más tarde  Jacinto y Manuela, alcalde y exalcaldesa,  se zurraban de lo lindo frente a la heladería de Eustaquio. Eustaquio negaba con la cabeza y con la mano abierta apuntaba al buen amigo que subía por la cuesta de la plaza hablando con Cándido.

Cándido  llamó a la puerta de Servando. Servando abrió, dejó entrar a Cándido y le ofreció una cerveza. La lata se derramó en el suelo y se abolló en la cabeza de Servando. Parece que algo que concernía a Maite y a Servando no era del gusto de Cándido.

De Justa se reían todos. Es que el nombre…Pero no iba justa. Es una mujer alta y muy atractiva. Soltera, folladora y con dinero. Le gustaban los pipiolos, entre veinte y cuarenta años. Apareció de repente por la calleja del galgo. Me saltó una muela de la hostia que me dio mientras farfullaba algo sobre Marta.

Con medio pueblo soliviantado llegó  el autobús de línea  una fría mañana de febrero y el buen amigo se fue. Tres meses después está todo más sereno, el cielo se ve más limpio y el aire se respira diferente. Siguen habiendo cosas, los humanos somos de cosas, pero es diferente.

Me ha quedado claro que los buenos amigos no existen. Son una caterva de cabrones que disfrutan malmetiendo a los demás. Solo hay amigos, sin adjetivo alguno, tus hermanos de vida. Son escasos. Si tienes un buen amigo desconfía.

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