Historia de un cinco de enero

Isidoro acababa de cumplir los trece años. Era 22 de diciembre y en las radios y en los televisores solo se escuchaba la cantinela de los niños de San Ildefonso. Isidoro estaba en la calle jugando con otros niños del barrio. Eran otros tiempos, con escaso tráfico, y a los chavales les dejaban bajar solos a la calle a jugar durante horas. Hacía frío, pero a orillas del Mediterráneo se suavizaba algo. Los chicos corrían de un lado para otro jugando a tocar y parar y, claro, eso da sed. Urgía ir a la fuente, por ese motivo y por otro, las chicas.

Tenían todos y todas unas edades de descubrimiento en unos tiempos difíciles para relacionarse. Se juntaban con la excusa de beber y charlaban durante un rato de cosas banales entre risas, medias sonrisas, miradas y algún roce inocente. Isidoro estaba desatado, le gustaba Laura, la de la churrería, y alzando la voz para hacerse oír dijo ufano: Pues a mí Melchor me va a traer unos juegos de mesa, Gaspar un Citroën Payá de esos con pilas y cable para conducirlo y Baltasar un fuerte del oeste. Todos se quedaron mirando fijamente a Isidoro y tres segundos después, que le parecieron una eternidad, todos estallaron en una carcajada.

Pero es que no sabes, gritaron varios, que son los padres, y otra carcajada. Isidoro no entendía nada: ¿Qué pasa con los padres? Pues que no existen los Reyes Magos, que los regalos los compran los padres, respondió uno. Isidoro dijo que no le tomaran el pelo, que vaya tontería, pero su rostro se puso blanco. Enfadado se fue a casa, que era una casa muy especial, en realidad era todo un edificio. El padre de Isidoro, catedrático de latín, era, a su vez, director de un colegio mayor y el edificio era propiedad del abuelo materno de Isidoro. Él vivía con sus padres en el ático, en la planta baja vivía el conserje con su mujer, el resto era un ejército de universitarios venidos de fuera.

Isidoro no volvió a bajar a jugar con los demás chavales. El dos de enero entró en la cocina, sus padres tomaban un aperitivo, cogió fuerzas y se atrevió a preguntar: Me han dicho que los reyes sois vosotros, ¿es verdad? Por supuesto que no, respondió la madre ¿Quién te ha dicho eso? Es una tontería. Los Reyes Magos vienen de oriente a regalar a todos los niños buenos del mundo, el padre asentía mientras masticaba un trozo de pulpo a la gallega.

El día cinco de enero Isidoro colocó el pan para los camellos, el jamón y el vino para los reyes y los pajes y se acostó pronto, como todos los años, y como todos los años no durmió, se quedó mirando  por la ventana que daba al patio. Melchor, Gaspar y Baltasar aparecieron seguidos de cinco o seis pajes. Dejaron los regalos de la familia bajo el toldo, saludaron, como todos los años a Isidoro, y se fueron. Isidoro se relajó y durmió tranquilo. Mañana se van a enterar esos tontos, pensó.

A los estudiantes universitarios les encantaba la noche de Reyes, disfrazarse, saludar por la ventana a Isidoro y toda esa historia, luego se ponían tibios de jamón y vino.

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