Pájaros.

Manuel no sabía nada de pájaros, así que no le extrañó que aquellos pájaros negros le sobrevolaran durante un par de días y luego se posaran junto a él. Se les veía contentos. Mira, pensó, he hecho amigos. Minutos después se añadieron otros dos pájaros que él no sabía que eran ratoneros comunes. ¡Tú fíjate!, se dijo, Ahora voy a ser domador de pájaros. Se puso a reflexionar y llegó a la conclusión de que tras dos días de lluvias torrenciales los pájaros se vuelven amistosos. Bueno, todos no, porque unos pequeños y nerviosos y otro amarillo y negro ni reparaban en él. Eso está bien, concluyó, cuanto más grandes mejor. Al atardecer vio unos pájaros enormes que se le acercaban, eran unos seis. ¡Qué chulos! A esos los domestico y me gano la vida. Cuando se posaron junto a él le llamó la atención su belleza, el pico, el cuello, el color del plumaje, leonado, y la envergadura de sus alas abiertas. Parecían danzar a su alrededor. Cuando uno de ellos le rajó el vientre con aquel pico, se acordó de que tres días atrás, Eduardo, su camello, le había disparado en la cabeza por una deuda no pequeña y lo había enterrado en aquel bosque. Claro, esa lluvia torrencial me ha sacado a la superficie.

Eduardo, que era mamífero y ave, un camello y un pájaro de cuidado, siete días antes, sentado ante una ventana del descuidado local en el que hacía negocios miró esa libreta en la que anota sus cosas y comenzó a descartar. Este no, musitaba, muy peligroso, Ni esta que tiene dos hijos, y es que Eduardo se las da de hombre de buen corazón, Juanito tampoco que me raja en un santiamén, Manuel, tres mil euros, Pues va a ser Manuel. Se plantó de noche en casa de Manuel. Me debes tres mil euros, cabrón, soltó, y los quiero mañana por la tarde. Manuel balbuceando pidió más tiempo. Pasado mañana entonces, respondió Eduardo que, como hemos dicho se las da de hombre de buen corazón. Dos días después Manuel abrió nervioso la puerta de su casa. ¿No podrías darme unos quince días? Eduardo, que iba pasado de vueltas empujó a Manuel hacia el interior de su casa, sacó del bolsillo un revólver y le disparó en la cabeza a quemarropa. Entonces se puso nervioso y sobrio, todo a la vez. Miró a la calle, esperó a que se hiciera de noche viendo como las urracas cortejaban y las gaviotas atacaban a las palomas mientras un grupo de estorninos montaban su coreografía. Cogió una pala del huerto de Manuel, lo metió en la furgoneta y dijo: Al pantano de Aljafe, entre jaras, tomillo y encinas.

Alfonso conducía su todoterreno con seis halcones rumbo al aeropuerto de Badajoz. Era el cetrero encargado de evitar las colisiones entre aviones y pájaros. Eduardo tras enterrar a Manuel se metió de todo. Lógicamente, cuando se cruzó con Alfonso, antes de chocar de frente, hizo una maniobra colisionó de lado, los halcones salieron volando majestuosamente y él se hundió con su furgoneta en el pantano de Aljafe. Alfonso en medio de la carretera se echó las manos a la cabeza. Al cabo, los halcones adiestrados volvieron con él.

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