La pelirroja

Era por la mañana, el sol se había puesto de largo y las mangas de corto para celebrar que ya nos podíamos ver las caras en exteriores. Los conocidos se sonreían y abrazaban en el extenso jardín que rodeaba el edificio ocre con forma de cubo y cuatro alturas.

Una vez dentro se hizo un extraño silencio. Yo, que me había adelantado, me uní a un grupo y subimos las escaleras hasta el primer piso. Unos llevaban mascarilla, otros no, el nuevo protocolo lo permitía. Esas personas  se dividieron en grupitos de dos, de tres y como mucho de cinco, y se hablaban en susurros.

Dos hombres de edad madura, uno calvo y el otro con un pelazo negro impresionante, se separaron del grupo unos metros y el calvo le dijo al otro, Somos muchos y esto va para largo, ¿Bajamos a la cafetería? Hay una cerveza excelente. Yo no sabía que había cafetería en el edificio y decidí unirme a ellos. Era muy lujosa.

Al volver al primer piso algunas personas se estaban yendo mientras otras hacían cola delante de una puerta que ponía 14 y a cuyo lado, sobre un estante, reposaba un librito junto a un bolígrafo. Me puse en la cola por saber lo que era aquello y al cabo me tocó el turno. En su interior Rodeada de flores había una urna transparente con un señor muy delgado dentro vestido con traje y corbata. ¡Coño! Exclamé, que a veces me gusta exclamar ciertas palabras, si esto es un tanatorio.

Ya puesta decidí recorrerlo para ver cómo era. Fue una decepción, era todo simétrico, cada espacio igual al anterior. Quise visitar las entrañas, los sótanos, donde imaginé que preparaban a los fallecidos, pero el letrero de “Solo personal autorizado” y una clave numérica codificada me dejaron con las ganas.

Cogí el ascensor y subí a la cuarta planta, allí no había nada más que dos mujeres mayores delante del número 7. Me acerqué y como no había aglomeración entré con las señoras. En la urna había una mujer joven, alta y con una larguísima melena pelirroja, y yo, que siempre me han gustado los pelirrojos y las pelirrojas, me quedé mirándola fascinada.

Las dos mujeres estaban junto a mí mirando a la pelirroja en silencio. Qué pena, dijo una, tan joven ¿Quién sería? Estaba claro que estaban como yo, fisgoneando. En ese cartón, dijo la otra,  pone Elvira Santos Díaz. Entonces me reconocí.

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