Vaya mañanita

De repente la temperatura se ha disparado. Ayer era invierno y hoy es verano, la primavera se la ha comido alguien.  He bajado por las escaleras del metro tan contenta y tan sudorosa, inaugurando  la temporada horrible del estío. La mascarilla mitiga los aromas y hedores del túnel del metro. Parece que va a ser un día movido e incómodo, pletórico de olores misteriosos que peleaban con mis síntomas gástricos debidos a un mal café matinal y una leche probablemente agria.

Somos muchos y mal avenidos. Cada cual mirando su Smartphone salvo yo, un adolescente con cara de ido y el hombre que duerme a pierna suelta en el banco para personas con dificultades ocupando todos los asientos. Mi cara brilla de sudor, algunas gotas corren entre mi frente y la comisura de mis labios.

El olfato se resiente. Mi pareja siempre dice que tengo unas fosas nasales muy sensibles. Miro al hombre dormido, lo huelo y sé que algo va mal. Llegamos a la siguiente estación, las puertas del metro se abren, sale gente y entra gente, antes de que las puertas vuelvan a cerrarse estiro de la palanca de emergencia. La gente me mira como si estuviera loca. Unos jóvenes me amenazan y un guardia de seguridad se dirige a mí con malos modos.

Está muerto, le digo señalando al hombre durmiente, Y no hace mucho, argumento, Máximo dos horas. Ese olfato mío siempre me da problemas. Pero qué dice señora, comenta el vigilante dándole unas patadas al cadáver. El cadáver se desploma sobre el suelo del vagón y el vigilante se pone en contacto con la policía a través de su walkie.

El navajazo es limpio, sin sangre, Un profesional sin duda. Hace mucho calor y nos retienen en el vagón. La gente se pone nerviosa, ya llegan tarde a sus trabajos y algunos llegan tarde a la cama con un resacón del diez. ¿Quién habrá sido el gilipollas que ha asesinado a ese zarrapastroso? Se pregunta la gente. Porque parece que la gente se preocupa más de lo suyo que de un asesinato.

Yo he de fichar a las nueve. Va a ser complicado. Nos sacan a todos al andén y mientras vienen los forenses y los inspectores de paisano quedamos todos bloqueados. Intento llamar al trabajo, un policía me secuestra el teléfono, de hecho nos requisan todos los teléfonos a todos, y no somos pocos, un convoy del metro a las ocho de la mañana no es poca cosa.

Mira, dijo uno, este estaba viendo porno, La inspectora dice que gilipollas hay en todos lados, que el porno es mejor en privado, no en el metro. Le doy la razón a pesar de que me tenga retenida y lleve esa cara de mala hostia que supongo que se le pone a un policía cuando le sale un asesinato a horas tempranas. La acidez de la gastroenteritis se me ha pasado de golpe, me empiezo a divertir.

El cuerpo tiene incongruencias. Es un varón de unos cincuenta años, ha tomado el sol en la playa, no tiene las marcas de un indigente que blanquea en la camisa y se dora en los brazos, este ha estado a pleno sol en bañador o en pelotas, esto último no lo puedo corroborar. El corte de pelo es de más de veinte euros y los zapatos de más de ciento veinte. El resto sí que es de mierda. Intento decírselo a la inspectora, me piden la documentación de nuevo y amenazan con llevarme a comisaría. Tiene la regla, lo huelo, no parece ser su mejor día, así que me callo.

Unas mujeres se visten con un buzo blanco, guantes y mascarillas, como en las pelis. Deben de ser las forenses. Mientras otros policías van filtrando uno  a uno a cada pasajero a mí me retienen. Me preguntan cómo sabía que aquel hombre estaba muerto. El olfato no les convence, La inspectora tiene la regla, digo, lo huelo y usted se ha masturbado esta mañana en estos pantalones. Recibo un bofetón y dejo clara una denuncia. Tener buen olfato no es bueno.

En diez minutos me dejan libre, recupero mi teléfono y llego al trabajo media hora tarde. La escusa del Metro parado por un cadáver, cuela. Perfecto, un día más. Si no fuera por el olor de los tupper sería un día perfecto.

 

 

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