Esa piedra

 

Mucho movimiento no tienes ¿verdad?, No te creas, respondió la piedra, esta semana he dado tres vueltas y media. No te creo, respondió el tomillo, No te he quitado un ojo de encima y sigues en el mismo sitio de hace diez días. Porque eres perezoso, contestó la piedra, y te ensimismas en tus cosas, y no miras al mundo todo el rato, Esta semana me pateó un jabalí, pero di vuelta atrás por la pendiente, un venado me chutó hasta aquella retama y un águila culebrera que pasó a mi lado cazando a su presa me dio un golpe y volví hasta aquí, ¿Y la tercera vuelta?, inquirió el tomillo, Pues…ni recuerdo, Pues porque la perezosa eres tú, no yo. No haces nada en todo el día, mucho pico y mucha idea, pero nada de trabajar, ¿Estás aquí para insultar, hierbajo maloliente? De hierbajo nada, respondió ofendida, Thymus vulgaris, tomillo, Pues eso, respondió la piedra, vulgar y además un timo.  Pues tú no eres nada del otro mundo, dijo la jara florida desde su gran altura, una pobre piedra errante, perezosa, vaga e inútil. Bueno, contestó la piedra, tú di lo que quieras, pero yo me llamo Anhidra y soy un tectosilicato de estructura criptocristalina cuyos antepasados  ayudaron a que esos inútiles tipos que están jodiéndonos la existencia fabricaran sus primeras herramientas. ¡Anda, que de haberlo sabido! Pues mejor me lo pones, susurró la encina, además de perezosas y vagas habéis colaborado con esos humanos que están destrozándolo todo, ¡Que graciosa la bellotera! ¿Acaso los vegetales no los habéis alimentado? ¡Ya!, terció el corzo, pero sin esas lanzas con puntas de tectosilicato de la mierda, no hubieran podido con nosotros, los vertebrados, Ahí estarían aún, comiendo bayas y masticando hormigas. Ahora vamos a ser las piedras las culpables de todo, no te fastidia, Pues para ser vagas y perezosas, que no nos movemos solas ni queriendo, nos dais mucha importancia. Además, ¿Qué tiene de malo la pereza? La pereza en su justa medida es buena, ayuda a pensar, promueve ideas y además en mi caso es por obligación, no tengo con qué moverme, soy una puta piedra.

Se fue el sol a donde quiera que vaya cada día y vino la noche a enfriar el suelo. Esa era la parte del día que más le gustaba a Anhidra, Las plantas se callaban y salían a sus cosas los animales nocturnos, el búho, la lechuza, el zorro, el ciervo, el tejón, el conejo y los ratones de campo, y tantos otros que en su trasiego la movían de un lado a otro, a ver mundo. Hacía amistad con otras piedras, amistades más o menos duraderas pero buenas y agradables. Y luego dirán que soy perezosa, ¡Ay! ¡Si yo pudiera moverme! Y ese transcurrir de años, que la vida de las piedras no es que sea corta, se desarrolló siempre en el mismo bosque, ella pensaba que el universo era ese bosque, conocía a los animales por su nombre, los veía crecer, alguna vez se reencontró con una planta que había conocido años atrás, Por la duración del día y la noche sabía cuándo llegaba la lluvia, hasta que un día apareció un hombre con un perro, se agachó, cogió a Anhidra y la lanzó por el aire. El perro corrió tras ella, la olió y se la metió en la boca.

El hombre quiso quitarle la piedra al perro, pero este no quiso, ¡Pues tú mismo!, dijo el hombre, y se echó a andar. Pasó un rato, que se le hizo eterno, metida en aquella boca húmeda, y de repente el perro la liberó cayendo a un suelo extraño, un suelo sin piedras ni plantas. Le entró miedo. Tras unas horas en ese erial inhóspito escuchó las voces de una planta prisionera en una maceta a varios metros de altura: Esto es el campamento de los humanos, le llaman pueblo y al llegar aquí la has jodido, pero como sois perezosas os da igual. ¡Qué manía con la pereza! Pensó Anhidra. ¿No hay más piedras? Preguntó, Sí, yo tengo siete aquí en la maceta, y de vez en cuando veo a alguna rodar por la calle, ¿Por dónde?, Por la calle, ese sitio en el que estás se llama calle. En ese momento un monstruo gigantesco que llegó a toda velocidad la pisó y Anhidra salió por los aires de nuevo, chocó con los bajos del automóvil y rebotó por la calle hasta unos diez metros. Un muchacho la cogió, le escupió, le dio dos vueltas con el brazo y la soltó con furia. Anhidra se estampó contra la frente de otro muchacho lejano, impregnándose de un líquido espeso y colorado mientras oía cómo el primer chico gritaba: ¡Toma ya, cabrón!, y el otro contestaba ¡Hijo puta, te vas a enterar! Lógicamente Anhidra se puso a cavilar la manera de regresar a su bosque de toda la vida, ¡Joder, cómo está esto! Se repetía.

 

 

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