Un cuento malo

El curso se estaba acabando. Luis, intuyendo sus notas, decía que el curso languidecía. En tres días sentarían a todos los alumnos en el salón de actos y, uno tras otro, el director, a la vez rector pues era un centro religioso, los iría nombrando uno a uno por su nombre y apellidos, por orden alfabético, los haría subir al estrado para entregar el cuaderno de notas y hacer un comentario. Todos los alumnos estaban nerviosos, era el primer curso mixto y las hormonas masculinas estaban disparadas, ninguno quería quedar por debajo de unas ficticias expectativas. Bueno, sí, había uno, Luis, alias “El Perezoso”. No era un alias casual, Luis vivía en la pereza y todo le daba igual, era feliz en su mundo, ajeno a cualquier realidad sólida.

Cuando el rector, aquel que años antes lo llamó a su despacho y le enseñó un Play Boy mientras le acariciaba un muslo, dijo en voz alta: Luis Sánchez Arrizabalaga, él se levantó lentamente mientras su madre le apretaba con cariño el brazo derecho. De aquel día lo único que sacó en positivo es que solo le habían suspendido dos asignaturas, y que empezaban las vacaciones de verano. Una vez en casa cenó con sus padres y su hermano, pero con pereza, la conversación no le interesaba, quería irse a dormir, que era la manera de soñar con lo que realmente le interesaba.

Luis se despertó a la voz recia de su padre: Luis, las diez y media, arriba. Con pocas ganas se lavó, desayunó y siguió a su padre hasta un lugar en el que habitaba un profesor particular. Hasta el veintisiete de julio fue sin motivación a escuchar a aquel señor que decía cosas de literatura y matemáticas que a Luis le importaban nada y menos. El veintiocho de julio, con pereza, pero obligado, comenzó a seleccionar la ropa para ir al pueblo. Por las tardes se encerraba en la habitación, cogía un papel y un lápiz y hacía rayas.

El viaje al pueblo supuso una bendición para Luis. Pletórico de pereza se amodorró sobre la ventanilla trasera izquierda del coche hasta que su madre gritó: Ya se ve el pueblo. Luis, entonces, se asustó. Sabía perfectamente que iba a encontrarse con dos compañeros de clase a los que no le apetecía ver: Álvaro, alias “El Acosador”, hoy lo llaman Bulling, que, al no disponer de la cantidad ingente de alumnos del colegio, la tomaría con él. Y Vicky, la artista, y su irritante violín.

Los primeros días Luis combatió los insultos ridículos de Álvaro a base cantidades ingentes de pan con tomate y chorizo, costumbre que abandonó porque los retortijones provocados por esa gula desmedida lo apartaban de su pereza natural y decidió, por tanto, hacer largos y lentos paseos por el campo, alejándose del iracundo Álvaro que, bebiendo los vientos por Vicky, no salía del pueblo o de la piscina municipal, alabando constantemente el arte y la pericia con el violín de ella.

Una mañana con un agradable viento solano Luis inició su paseo con el Sol despuntando detrás de una encina. Al cabo de unos tres kilómetros se giró para ver que ocurría. Unos chirridos como de gato moribundo resonaban a sus espaldas. Vicky, violín en ristre, estaba a unos doscientos metros y… ¡Qué pereza! A partir de aquel momento la chica no se separaba de Luis, atacándole los oídos bien con el violín, bien con la narración de sus cuitas, bien con sus preguntas inoportunas, bien con cualquier cosa.

La pereza de Luis se agudizó hasta el punto de crear siestas interminables que, tras unas cenas copiosas, empalmaban con dulces sueños nocturnos y largos paseos que comenzaban una hora antes del amanecer, para evitar a la chica. Aun así, los días eran largos, y al mínimo despiste aparecía ella con su violín y su verborrea y, tras ellos, a prudente distancia, Luis se dio cuenta, Álvaro. Seré la mejor violinista del mundo, dijo Vicky rebosando una soberbia infantil e inconsistente con sus dotes musicales. Luis aceleraba el paso cediendo a su pereza natural con la misma vocación con la que el burro corre para quitarse a la mosca cojonera en los meses de estío. Pero no había manera.

Una tarde Luis decidió quedarse quieto, sentado perezoso en el poyo de piedra de una placita. Estaba agotado de tanto trajín y necesitaba regresar a su estado natural. Cerró los ojos, se sintió bien, relajado y feliz en su dulce no hacer nada. Pensó en pájaros volando, pensó en Mireia, esa chica del barrio que tanto le gustaba, parecía perezosa, y entonces lo sintió. Sintió el beso que la violinista le estampó en todos los morros y la pedrada en la cabeza que le lanzó un envidioso Álvaro.

El resto de las vacaciones tumbado en la cama de un hospital fueron fantásticas.

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest

Share This
¿Te Puedo Ayudar?