El protocolo

Sergio repasaba el protocolo de tinción con tetróxido de osmio confiando en que la hipótesis sobre la membrana neuronal se confirmara. Estudiar ciencias le tranquilizaba. Tener protocolos sólidos y reproducibles le daban paz y seguridad. Era viernes y a las cuatro y veintitrés minutos sonó la alarma del smartphone. Se quitó la bata, se colocó la mochila y fue a esperar el autobús que lo llevaría a casa. De lunes a jueves el cacharro sonaba a las cinco y treintaiocho minutos.

Su padre estaba leyendo un libro y su madre con una amiga en una cafetería. Sergio dejó la mochila sobre la silla de su habitación y se acercó a la puerta del armario. En el folio pegado con celo ponía: Viernes, 18,30, ducha. 19,05, tejanos y polo azul. 19,30, bajar al parque para encontrarme con Luis, Alfredo, Manel y Marta. 20,45, seguir recopilando recetas de internet y copiarlas en el dossier por orden alfabético. 21,30, cenar. Luego dormir.

La casa era grande. El sábado a las seis y media imprimió unos protocolos para incendios y colocó uno en el pasillo, otros dos en los dos baños, el cuarto en la cocina y una flecha impresa de color rojo en la que ponía “SALIDA” en el recibidor señalando a la puerta. Madre recogía cada noche los protocolos de su hijo, justo en esa hora en la que se calzaba el pijama y dormía hasta el día siguiente como marcaba el protocolo.

En los sueños no había protocolos, eso le hacía dormir fuera de lo previsto. Malos sueños. Tras cruzarse con mujeres desnudas, soldados alsacianos, carpinteros locos con forma de conejo y agujeros de gusano que se tiraban pedos en el sistema solar, decidió no volver a dormir sin un protocolo fiable. A partir de ese día solo soñaría en cocinar primeros platos, después segundos platos y más tarde postres.

Conoció a Amalia y le propuso quedar el sábado a las doce y trece minutos para tomar el aperitivo. Tras la última patata brava, en un arrebato de locura, le robó un beso que fue bien recibido. Tres minutos más tarde le pasó un folio a la chica con el protocolo de su futura relación. Fue su primer y último beso. Sergio no entendía nada.

Convenció a su padre para que le financiara el carnet de conducir. Pensaba que, con esa herramienta, fundamentado en las series que veía los sábados a las dieciséis horas y quince minutos, le sería más fácil encontrar pareja. Tras recriminar durante varios días al profesor la falta de puntualidad, y de ponerse muy nervioso por el desprecio de los protocolos del libro por parte del resto de los conductores del mundo, lo echaron de la autoescuela.

Tres años más tarde, tras dieciocho publicaciones científicas y dos premios, alguien le dijo que estaba loco, que no se podía ir por la vida con una agenda cerrada de la que no se podía apartar. La vida es otra cosa, le dijo, y Sergio se quedó meditando durante tres días, cuarenta y tres minutos y veinte segundos antes de abrazar la vida loca.

Tras la caída en los altos riscos de Rupit por querer hacerse un selfi junto a la cascada por la que se abalanzaba el río, la forense escribió: Falleció por fractura craneal tras una caída de treinta y dos metros a las diecisiete horas y once minutos del día catorce de julio del año dos mil cuatro.

 

 

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