Diego

Esta es la historia de Diego. “Dieguito el palito” le llamaban debido a su elevada estatura y extrema delgadez. De chico, Diego fue un niño gordo y bajo para su edad, pero a los quince años, sin avisar, se puso a crecer por encima de sus posibilidades mientras, ante el espanto de sus padres, un hipertiroidismo galopante le hacía perder grasa a lo loco.

La flojera física le impidió dedicarse al baloncesto y lo empujó a estudiar Historia del Arte, especialidad en la que destacó sobre la media. Nada más terminar los estudios encontró trabajo en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Allí estuvo un año, el sueldo no estaba mal, pero Dieguito se fue una semana después de que el conservador notara la desaparición de tres tallas románicas del almacén, que le solucionaron la entrada de una buena casa en el ensanche barcelonés.

Sin oficio que ejercer, y siendo verano, frecuentó la noche de Castelldefels. No pasó desapercibido. Una mujer extranjera se fijó en él. Nunca supo de donde era, pero estaba claro que se trataba de una mujer acaudalada. Tras dos noches de sexo, la mujer le pidió que pasara por un estrecho tubo de quince metros de largo. Lo hizo sin problemas. La señora se empeñó en darle cierta formación sobre electrónica.

Era un callejón sin salida cerca de la Vía Layetana. Le acompañaba un hombre robusto que sacó la rejilla. Diego entró fácilmente por el conducto llevando una linterna frontal en la cabeza, el hombre robusto volvió a colocar la rejilla. Al cabo, Diego empujó la otra rejilla y se dejó caer en una sala. Conocía exactamente cada palmo de la galería de arte, se dirigió a la alarma y marcó el 13588, 13 de mayo de 1988, fecha de nacimiento de la administrativa que abría la sala a las diez de la mañana. Era fácil, un señor mayor se colocaba con su móvil en la puerta y, cuando la chica abría, grababa.

Abrió la puerta principal y salió a la calle, a pasear, dejando paso al hombre robusto y a tres más que tenían la furgoneta frente a la puerta. A los cinco días recibió diez mil euros y otro encargo de la mujer extranjera. Decidió darse de alta como autónomo, porque le veía futuro al negocio. Y lo tuvo. El misterioso grupo que robaba obras de arte salía hasta en la prensa. Viajaba por toda la península y por Europa. Su casa del ensanche guardaba alguna obra de pequeño formato y precio exorbitante. No volvió a ver a la mujer extranjera. Los encargos llegaban por extraños interpuestos.

El hombre robusto llamó un día a su puerta. Tenemos trabajo, dijo. A la semana estaban en un hotel de Toulouse cerca del Garona. Una vez con todos los datos, planos, claves de alarma y horarios, esperaron tres días más. La llegada de la próxima exposición, con obras de primer nivel de varios autores fue un lunes. El equipo ya tenía claro el plano del local, la clave de la alarma y el lugar donde desembocaba el túnel de aireación. Diego disfrutaba con esa vida de dinero y trabajo escaso. Conoció un lugar en el barrio de Sarriá donde servían unas patatas bravas muy famosas y esos tres quilos de más lo dejaron asfixiándose en aquel conducto de Toulouse sin poder retroceder ni avanzar.

 

 

 

 

 

 

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