Viento

¡Viento ven!, dijo Javier. ¡Viento, ni se te ocurra venir!, dijo Lucía. Aquel fue uno más de los desencuentros que tuvieron tras dos años en el mar. Los diez años anteriores, en tierra, hubo muchos desencuentros, pero o Javier se bajaba al bar o Lucía se iba de compras que, fíjate si el discurso no puede ser al revés, ella al bar y él de compras.

El velero de catorce metros de eslora y cuatro de manga fue el resultado de una revelación. Hemos de cambiar de vida, dijo Lucía una mañana mientras mojaba un churro en el café. Y ¿Por qué? Respondió Javier revolviendo los cereales con una cuchara entre el mar de leche. Tenemos el piso pagado, sin hipotecas, dijo ella, los dos tenemos el título de patrón de yate y una edad. Demos la vuelta al mundo.

Javier, al regresar del trabajo pasó por una tienda de chinos. Ves, le dijo a Lucía dejándole en las manos una esfera del planeta en plástico, Ya le han dado muchas vueltas al mundo. ¿Para qué quieres hacer otra? No lo entiendes, dijo ella, aquí estamos encorsetados, no hay libertad, eres un capullo que no entiende nada. Él se bajó al bar.

Seis meses más tarde compraron el velero, no sin discusiones con la familia de Lucía. Javier firmó la documentación y le puso el nombre: La cuñada. Lucía se fue de compras con su hermana y un cabreo del diez.  Habían puesto el piso en venta. Mientras tanto hacían largas listas de lo que debían de llevar de partida en La cuñada. Que una vuelta al mundo a vela no es moco de pavo. Durante ese tiempo estuvieron zarpando con ella para coger práctica y, de paso, arreglando los papeles y el año sabático laboral.

¡Viento ven!, dijo Javier. ¡Viento, que no vengas!, bramó Lucía. Estaban en medio de algún lugar del Índico bajo calma chicha. La cuñada, quieta, ondeaba de babor a estribor mientras las náuseas de Lucía contradecían a su cerebro. Si viene el viento, dijo Javier, se acabarán las náuseas. Iremos navegando hacia poniente y te encontrarás mejor.

Lucía se había dejado un poco, o eso creyó Javier. Comenzó a engordar, aunque nunca dejó de lado ni sus guardias ni sus responsabilidades. En los pocos ratos de asueto miraba la mar y el cielo. Sonreía. Cuando Javier dormía y ella llevaba la rueda del timón, cantaba susurrando. Era a la vez Ulises y sirena.

Una ballena franca rondó durante días el velero. A Lucía le relajaba mirarla, alimentándose del abundante Krill, pero Javier estaba de los nervios, quería viento y poder salir de allí cuanto antes. La calma chicha duraba ya demasiado y se acababa la cerveza. Necesitaba llegar a cualquier isla habitada, tomarse una copa helada y un plato recién cocinado.

¡Eres imbécil o qué! No te entra en la cabeza que no quiero parir a una velocidad de ocho nudos y aproando las olas. Javier alzó las cejas y calló sin entender nada. En La cuñada estaban solo ellos dos.

 

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