El ascensor

 

Alejo sacó las llaves de su mochila, abrió el portal del número treinta de la calle Cantos y pulsó el botón de los dos ascensores. El edificio tenía muchas plantas y cincuenta y dos viviendas. Veinte años antes los dos ascensores estaban coordinados, tocabas un botón y el más cercano iba a la planta requerida. Una mujer dejada y sucia, esposa de un abogado con una malformación de nacimiento que le complicaba caminar, pidió, y se lo concedieron, que desvincularan los dos ascensores, y que ella tuviera prioridad si llamaba al que quedaba a la puerta de su vivienda. En las horas claves, con tantos vecinos y niños con mochila, el ascensor acabó siendo un caos.

Ese día Alejo subió a un ascensor. Allí estaban Toni y Sandra besándose y tocándose bajo los uniformes. Toni, del sexto tercera, y Sandra, del onceavo primera, eran dos adolescentes de no más de quince años que iban a una escuela segregada de una orden religiosa. Todavía se pregunta cómo es que venían del parquin. No quiso pensar que tanta hormona suelta tuviera copias de las llaves de contadores. Tras dejar la mochila y ponerle agua a la gata, bajó a por pan y una cerveza fría.

En el ascensor bajaba el marido de Montse, una señora encantadora, él un imbécil cuyo nombre Alejo desconocía, pues el hombre, hosco y antipático, decidió ,quince años atrás, con quién hablaba y con quién no. Alejo cayó en el grupo numeroso de los NO, y como tampoco mostró interés por averiguar los motivos, no tuvo interés por saber su nombre. Alejo suponía que el emborracharse de buena mañana tendría mucho que ver con su talante.

Al regresar con el pan y la cerveza se encontró con el vecino del doce tercera y su perro Beagle. Era mecánico, Alejo hacia años se lo encontró en su concesionario y entendió que era tonto. El hombre y su esposa eran tontos, la prueba era que habían elegido a una de las razas de perro más tonta del mundo. Si saludaban era con un gesto de la cabeza, sin articular palabra. Sin embargo, su hijo apuntaba maneras; la genética no lo condiciona todo.

Durante los últimos cinco años varios pisos vacíos se poblaron de inmigrantes, paquistaníes, marroquís y chinos, sembrados de niños y niñas. Eran gente amable y educada, pero no muy dadas a relacionarse. Alejo, aunque solo se cruzaba los buenos días y las buenas tardes en el ascensor, se sentía a gusto. Fermín, un hombre bajito y flaco que paseaba un perro enorme, le dijo un día en el ascensor: Esa gente no es buena. Y no huelen bien. No entiendo como los anteriores vecinos les han podido vender las viviendas. Alejo no contestó por educación y porque el perro imponía.

El más majo, pero también el más incordio, era Juan, que era de Costa de Marfil y no se llamaba Juan. Era el encargado por la empresa de limpieza para cristales y ascensores. Algo que Alejo nunca entendió es porqué las empresas de limpieza destinan a las mujeres a fregar suelos, cocinas y váteres, y a los varones a cristales y ascensores. Juan lucía una sonrisa magnífica, siempre tenía una buena palabra y un buen gesto, pero cuando se ponía con los ascensores y, despistado, bloqueaba los dos, era un incordio. Vale, no lo hacía a posta ni a horas complicadas, pero se ponía a canturrear canciones de su tierra y perdía la noción de las cosas.

Sebastián era un caso raro. Hijo de Sara y Julián. Un hijo buscado tras una tragedia, la muerte en accidente de coche de Tomás, el primer hijo de la pareja. Alejo se cruzaba de tanto en tanto con Sebastián en el ascensor. No tendría más de once años cuando lo vio subir a su casa, por primera vez, con Nuria, una compañera de colegio, Con catorce años Nuria ya se quedaba a dormir en casa de Sebastián. Con veinte años seguían siendo culo y mierda, y cohabitaban con los padres de él. Alejo se los imaginaba con setenta años, cargando las mochilas del colegio y subiendo en el ascensor al cuarto cuarta. Un caso de amor inmenso.

Alfredo y Daniel, que rondaban los cincuenta y llevaban allí desde el principio, se casaron un día de mayo, bloquearon el portal y el ascensor con tanto invitado. Alejo subió por las escaleras, unas escaleras que hacía años que no pisaba. Eran amplias, pero estaban en cemento vivo, eran antiincendios. En cada rellano había una puerta y un amplio espacio para poder evacuar con facilidad en caso de fuego. Alejo se espantó. En el primero estaban tirados dos colchones viejos que complicaban el paso. En el cuarto varios muebles rotos y dos carros de supermercado, complicado pasar. En el quinto otro carro de supermercado y una montaña de bolsas de plástico de vete a saber. En el séptimo una caca de perro, un comedero y un bebedero. Llegó a su planta y no quiso imaginar lo que habría sobre su cabeza.

Alejo le tenía una manía especial a Manolico, Un empleado de seguridad como un armario que se alimentaba exclusivamente de carne de ternera y galletas de cereales. Era un lerdo que iba de sobrado, que filmaba vídeos de él follando con señoras de caras pixeladas y se los enseñaba a las vecinas en el ascensor. Nunca nadie lo denunció. Que a ver quién se mete con ese monstruo, que te mata en un segundo.

Julia nació el mismo día que Alejo, aunque cincuenta y nueve años después. Era su vecina de rellano. Sus padres eran majos, él mecánico, ella auxiliar de enfermería. Julia era una niña como otras, con sus más y sus menos, a ratos contenta, a otros ratos cabreada, y por momentos llorando. Hasta que entraba en el ascensor. Allí se transformaba en una niña loba. Mordía, aullaba, se movía compulsiva, arañaba y no se calmaba hasta que se abría la puerta.

En fin, en aquel edificio había, como en todos lados, gentes de todo tipo y condición. La mayoría tratables, otros no. Alejo tampoco era muy normal, tomaba apuntes de todo y dejaba las notas en cada buzón. Se montó una comisión para averiguar quién ponía esas notas. Lo solucionó enviándolas por correo y en un documento de Word, que no hay calígrafo que pueda estudiarlo.

 

 

 

 

 

 

 

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest

Share This
¿Te Puedo Ayudar?