Pensamientos durante la pandemia

Pensamientos durante la pandemia

Yo quiero ser inmortal

Sé que es complicado, pero mi objetivo es ser inmortal. Da igual la manera, con cuerpo físico o solo una mente consciente, o bien una nube flotando entre galaxias que sea Yo. Da igual, quiero ser inmortal. ¿Por qué? Por cotilla. Unos lo llaman ego, otros, curiosidad. No. Es cotilleo puro. Quiero ser inmortal para saber cómo acaba todo esto. Como acaba el planeta y como acaba el universo.

Ya sabéis que no creo en dioses ni en diablos. Tenemos lo que tenemos y somos una anécdota en una singularidad. No hay nada antes del nacimiento ni después de la muerte, pero durante ese tránsito me gusta pensar que quizás mi Yo pueda ser inmortal y contemplar dónde va todo esto. Soy como la Eufemia de mi pueblo, un cotilla profesional, una vieja del visillo.

 

Tres putas cosas

Puede que el título no sea correcto, pero es el que me sale. Sí, ya sé que soy dado al exabrupto y la blasfemia, lo mejor de nuestro idioma. Pero es que, en esta pandemia, mientras la ciencia nos trae otras soluciones, solo son tres putas cosas: mascarilla, higiene y distancia de un par de metros. ¡Coño, sólo eso! Es probable que el problema lo tengamos nosotros, como especie. No sabemos comprender el problema. Tampoco parece que sepamos comprender el mundo ni el universo. Si no podemos gestionar tres elementos: mascarilla, higiene y distancia, ¿qué sabremos del cambio climático, de la evolución de las especies, del universo donde vivimos? Nada. No sabemos nada. Si no somos capaces de entender tres putas cosas en esta pandemia, no podremos comprender el futuro de la Tierra ni a dónde vamos. Y, es verdad, a ese señor que en una calle estrecha va a su bola fumando y escupiendo sin mascarilla cuando se cruza contigo, no le dices nada. No te apetece que un gilipollas te agreda.

 

Juguetes rotos

Mi barrio es un barrio de amplias avenidas. Un barrio donde sales a la calle y puedes respirar sin mascarilla un cincuenta por ciento del tiempo, o con mascarilla en las tiendas, salvo en el ascensor cuando te tropiezas con la descerebrada del segundo y se enfrenta contigo porque tiene que meterse sí o sí aunque no se cumpla la distancia de seguridad, y la tienes que dejar fuera, o salir tú porque te amenaza con denunciarte por violencia.

El Gornal nunca ha sido un barrio fácil. Pero es un barrio con sus enormes metros entre acera y acera, la labor social de mucha gente implicada y, aún con todos sus problemas, es un barrio diáfano, en el que hijos, padres, madres y abuelos campan con cierta alegría por sus espacios en estos tiempos de mascarillas, distancias e higienes. Siempre están los irresponsables, pero son menos peligrosos que en otros lugares.

Otra cosa es de puertas adentro. ¿De qué medios disponen muchas familias? Una gran cantidad van justas. Van justas de medios y de formación. Sus problemas son otros, no las redes, ni Internet, ni la cultura, ni la lectura. Sus problemas son de subsistencia. De puertas adentro estamos creando una infancia de juguetes rotos, de niños sin futuro.

Anoche estuve escuchando una bronca de muchos miembros de dos familias hasta las dos de la madrugada, sin distancias ni mascarillas, tres horas de gritos en la calle. El barrio del Gornal es quizás un problema menor mirando el plano de la ciudad.

La Florida, la Torrassa, el norte, calles estrechas, pisos compartidos por habitaciones. Se está creando una cicatriz social, pero no es el COVID.

El COVID es la lupa. Es un puñetero virus que se nos ha colado en casa, nos está matando y nos está restregando por la cara todo aquello que hemos abandonado y hemos renunciado a conservar desde la crisis del 2008 o antes.

No sé si es dejadez o estrategia, pero la Sanidad pública, llamémosla solidaria, ha sido la que a lo largo de la historia, nos ha ido sacando de pozos inmundos. La Educación pública, o solidaria, la que nos ha traído hasta aquí.

Por eso me preocupa la educación.

Conseguimos un ascensor social, con una educación pública, y poder aprovechar las capacidades de toda la población. Se creó una red universal. El espíritu crítico se hizo transversal. Lo he vivido en la universidad en la década de los 70 y 80 del pasado siglo. Todo eso hoy lo están tirando a la basura.

El virus es el virus. El resto se hace con dinero y no queremos caridad, queremos impuestos.

La educación no suele tener buen predicamento entre la clase dirigente, la sanidad tampoco. Sin educación es fácil adoctrinar. Llevamos miles de años en los que salvo pequeñas islas excepcionales, el sometimiento de la población se ha apoyado en la falta de formación.

Si no reaccionamos, dejaremos generaciones de juguetes rotos. Y a las malas los juguetes rotos no son simpáticos. Y Tienen sus razones.

 

El gilipollas

Es muy probable que ya sea un señor mayor. Más que probable, con 62 años, es una realidad. Aunque creo que mi capacidad de curiosidad y asombro tiene todavía diez años.

Estoy sorprendido por la actitud de los usuarios de patinetes eléctricos y, más aún, por la nula respuesta del ayuntamiento.

Cosas de la vida, ahora trabajo de conserje en una escuela de L’Hospitalet de Llobregat. En mis funciones está la de abrir puertas y, después cerrarlas, cuando los alumnos entran por la mañana, y cuando salen a comer a mediodía, luego cuando entran y, por fin, cuando se van a casa habiendo concluido la jornada.

Ayer, un veinte de abril, en un tramo peatonal de la calle Francia, hacia el número 80, entre niños y padres que llevaban a sus hijos a la escuela, apareció un patinete, de esos con sillín, haciendo el idiota a una velocidad imprudente y conducido por un niño, alumno de la escuela, y llevando a un compañero de pasajero. ¡Cómo se reían!

Idiota de mí, se me ocurrió decirle que no podía hacer eso. Mi padre me deja, respondió. A los dos minutos apareció el padre. Idiota de mí le dije al padre que no podía dejar a su hijo conducir aquel patinete. El padre rio. Pues lo lleva de puta madre, dijo mirándome con desdén, ¿Y qué van a hacer? Ponerme una multa, siguió riendo, le dio un beso a su hijo, se giró y se fue con el patinete.

Yo debo de ser gilipollas, entra dentro de lo probable, pero me dirigí a Ferrán, el TIS de la escuela, No sabía lo que era, pero es un técnico de integración social, y le comenté lo sucedido. Como debo de ser gilipollas me sorprendí por su respuesta: Lo que ocurre de puertas afuera no nos concierne.

Al ser, creo, gilipollas, siempre pensé que la educación es una disciplina que integra todo el entorno del niño. Se ve que no. Que de puertas afuera que les den. Que, si tienes padres idiotas, Que no es un insulto sino un adjetivo, allá tú.

¿Y qué pasa con la normativa para patinetes eléctricos? ¿Y con su seguimiento?

Hoy, día 21 de abril, ha vuelto a pasar lo mismo,

 

 

¿Dónde los abandonamos?

Podría preguntarme cuándo, pero me parece más pertinente dónde. De repente una élite de izquierdas, con estudios universitarios, dejamos de mirar a los currantes, al trabajador de siempre, del siglo XX, nos engolamos de pedantería y dejamos a la clase trabajadora mirando a la nada, y eso es mirar a la extrema derecha.

¿Dónde está esa parte de nuestra sociedad? En la extrema derecha. La izquierda ya no es obrera, es intelectual y pija.

Tengo un hijo de 32 años que siempre quiso ser mecánico. Lleva trabajando en la misma empresa desde los 18. Es un obrero de los de antes y su perfil político está en la izquierda porque lo ha mamado en casa, pero ronda el borde. Sus compañeros vierten hacia la extrema derecha. Lo que ven en la izquierda son niños pijos con una labia compleja que no comprenden. Y el discurso de la derecha es simple, claro y facilón.

La izquierda que quería una educación transversal, inclusiva y que diera oportunidades a toda la sociedad ha resbalado y se ha dado una hostia importante. Nos hemos mirado el ombligo y los hemos dejado en las dulces manos del odio. Que es más sencillo.

Los sindicatos han abandonado. Son una herramienta más del sistema, dentro de la cual se vive en un confort calentito y agradable.

Entre sindicatos inoperantes y pijos con estudios superiores, parece que el futuro es como las camisas de los fascistas, negro.

 

 

 

 

 

 

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