Letras de Humo.

 

Letras de humo

 

Una casa nueva

Anochecía, y Laura se sentó en los escalones del porche de su nueva casa. A medida que el sol se escondía vio como los colores del cielo, del bosque, del mar y de la ciudad cambiaban por momentos. Laura era feliz.

Era una casa enorme, antigua y bastante estropeada, pero tenía un bosque, un enorme jardín y dos huertos. Aquí jugaré horas y horas sin aburrirme, pensó. El bosque tenía miles de árboles, millones de arbustos y una selva de hierbas; seguro que infinitos animales vivían por allí, mariposas seguro, tal vez ardillas y topos… y gatos, en todos los jardines y bosques hay gatos. Los gatos eran importantísimos porque así su perro, Bola, un cocker spaniel de color canela fuego, podría perseguirlos por todo el jardín. El ejercicio es muy importante.

Al día siguiente la vendrían a visitar sus dos mejores amigos, Fátima y Willy. El cole se había terminado y pasarían cuatro días con Laura en la casa nueva. Deseaba que llegara el día siguiente.

Diez días antes Laura vivía en un piso de Barcelona, alto y soleado, con un parque debajo y el colegio a pocos minutos. Fátima y Willy van con ella al colegio, pero con el cambio de vivienda ya no pueden jugar juntos en el parque a la salida del cole, ni tampoco los fines de semana. Laura se enfadó mucho.

Los padres de Laura han tenido que cambiarse a esta casa, una vieja masía cerca de Barcelona, que es de una tía de su madre. Está bastante vieja, pero es muy grande y tiene ese maravilloso jardín, además, ahora su padre siempre está en casa y, eso, a Laura le encanta. Y no ha tenido que dejar el cole ni a sus amigos, mamá y ella van en tren cada día a Barcelona.

— ¡Laura, a cenar! —era la voz de su padre llamando desde la cocina.

— ¿Qué hay? —preguntó Laura.

—Sopa de fideos y merlu…

— ¡Laura, a la ducha! —Su madre la reclamaba desde el cuarto de baño.

— ¡Hay, hay, hay, Bola! —dijo Laura mirando a su perro con unos ojillos pícaros—. ¡Cuánta responsabilidad de golpe! ¿Por dónde empezaré? ¿Y si ceno en la ducha?

—Laura, primero a la ducha —Y se zanjó el asunto.

 

A la mañana siguiente, en la cocina, Laura se desayunaba un gran tazón de leche con cacao atiborrado de galletas. Por la comisura de los labios le resbalaban goterones de líquido marrón mientras Bola la miraba, inquieto, esperando que algo sabroso cayera de la mesa. El plato de Bola, en el suelo de la cocina y ya vacío, brillaba de tan rechupado. ¡Sí!, Bola era un perro bastante glotón.

¡RRRIIIIIIIINNNNNGGGGGG! ¡RRRIIIIIIIIINNNNNNGGGGGG!

Era el timbre que había en la verja del jardín. Laura saltó de la silla y salió de casa corriendo, seguida por Bola.

Su madre ya estaba en el camino, dirigiéndose a la verja para abrir.

— Mamá, mamá, déjame abrir a mí, seguro que son Willy y Fátima.

— ¿Y les vas a recibir en pijama y zapatillas?

Laura se miró. Iba con sus zapatillas especiales y con su pijama preferido, el más viejo y arrugado de todos los pijamas del mundo. Seguro que también tenía su preciosa melena color mostaza como una escoba al revés y alguna legaña despistada.

— ¡Hala! Es verdad. Abre tú, me voy a vestir —Dio una rápida media vuelta y salió veloz hacia la casa seguida por Bola que, con tanta carrera y la barriga llena, arrastraba la lengua de manera penosa.

Fátima y Willy aparecieron tras la verja con sus mochilas y escoltados por la madre de Fátima.

—Bienvenidos chicos — dijo la madre de Laura—. Hola Anisa ¿Te ha tocado traerlos?

—Sí. El padre de Willy tenía que llevar al fútbol a su hermano mayor.

—Pues vamos. ¿Habéis desayunado?

— ¡NOOOOO! —dijeron a la vez Fátima y Willy.

— ¡Siiiiiiiiiiiiii! —respondió la madre de Fátima—. Habéis desayunado, y mucho.

Avanzaron por el camino, hacia la casa. Los niños y Anisa miraban el enorme jardín con asombro.

— ¡Zapoteca, qué chulada! Parece un bosque misterioso —dijo Willy—. Seguro que está encantado; con sus brujas, sus elfos y sus dragones.

— ¡Mira! ahí viene Laura —dijo Fátima.

Laura corría hacia ellos vestida con una camiseta, unos tejanos y unas deportivas desatadas, seguida por Bola que empezaba a mosquearse con tanta carrera.

 

Al cabo de un rato la madre de Fátima se fue, y aunque Willy y Fátima habían desayunado no perdonaron unas rebanadas de pan con tomate y queso.

—Es que estoy en pleno crecimiento —decía siempre Willy para justificar su inacabable apetito.

—Venid —dijo Laura—, que os enseño la casa y luego nos vamos al jardín. Lo descubriremos juntos, casi no he tenido tiempo de investigarlo.

La masía era muy grande. Laura y sus padres ocupaban una parte de la planta baja, la que estaba mejor. Tenía un comedor grande, dos lavabos, una cocina, una despensa y cuatro habitaciones.

En la misma planta baja había otro salón enorme y seis habitaciones más, pero tenían el techo en mal estado y las ventanas no encajaban bien. Arriba, en la segunda planta había muchas habitaciones, pero no se subía, la escalera estaba cerrada con una puerta de madera y un candado. Subir no era seguro porque los suelos y los techos estaban en muy mal estado.

— ¡Zapoteca! Este castillo es impresionante, yo también quiero uno así —dijo Willy. Cuando Willy se sorprendía con algo siempre decía «¡Zapoteca!», como quien dice «¡Vaya!», y ni él mismo sabía qué significaba.

—A ver si te enteras de que no es un castillo. Es una masía —le contestó Fátima mientras se atusaba el pelo y ponía su mejor cara de lista.

— ¡Masía, castillo! ¡Qué más da! Es el «Masillo» de Laura. Listorra.

Laura se empezó a reír y dijo: «Pues dejemos el “Masillo” y salgamos al jardín».

—Jardín es poca categoría, mejor es bosque; salgamos a los bosques que rodean el «Masillo» de Laura —sentenció Fátima.

Era una mañana de niebla, pero no hacía nada de frio. En un rato esa niebla se iría y tendrían un maravilloso y soleado día de primavera, pero en ese momento el jardín tenía un aire mágico y misterioso.

Se apartaron del camino y llegaron a un árbol enorme.

—Mi padre me ha dicho que es un alcornoque y que es muy viejo. Colgaremos un columpio de esa rama —dijo Laura señalando hacia arriba.

—Podrías hacerte una casa de madera en el árbol— dijo Willy.

—Ya se lo dije a mi padre, pero no le veo muy convencido. Dice que primero tiene que arreglar la masía.

— ¡Mirad allí! —gritó Fátima—, un bicho, en aquel árbol, una ardilla, ¿la veis?

A unos treinta metros, entre arbustos, había seis pinos altos y una ardilla que trepaba tranquilamente por uno de ellos.

—Silencio. Agachaos. Soy la gran cazadora «Fátima de África» y estamos a punto de cazar una gigantesca ardilla prehistórica —dijo Fátima mientras avanzaba sigilosamente entre las altas hierbas.

—Gran cazadora de donde seas —le respondió Willy—, yo, de ti, me ataría las zapatillas antes de que Bola se coma todos los cordones. Es mejor cazador que tú, ni te has enterado de que te está royendo los cordones desde hace un rato.

—-Vaya, ya no se ve la ardilla —Laura miraba fijamente la copa de los árboles.

—Este perro tuyo está loco —protestó Fátima—, casi me destroza las zapatillas. ¡Déjame en paz Bola!

— ¡Zapoteca! ¡Qué guapo! —exclamó Willy mirando a lo lejos—. ¿Veis que niebla más rara?

Willy señalaba un punto a unos quince metros, detrás de unos arbustos pegados junto al muro de piedra que rodeaba la masía.

— ¡Qué bonito! —dijo Laura—. Mira Fátima, esa niebla hace como letras.

— ¡Sí! ¡Sí! Son letras de niebla que suben hacia el cielo —respondió Fátima—. Una V, una A, ¿Has visto Willy? Una M, una L, una O.

— Venga, vamos a ver de dónde salen —Laura empezó a caminar hacia los arbustos seguida por Fátima y por Willy, mientras Bola se metía entre los pies de todos buscando cordones de zapatillas sueltos.

Al acercarse, la niebla en forma de letras aumentó, detrás de los arbustos salían cientos y cientos de letras de humo que desaparecían al llegar a cierta altura.

—Vamos —animó Fátima—. Hemos de descubrir de dónde salen —Apartó los arbustos y se metió entre ellos. Laura y Willy la siguieron.

Al otro lado, entre los arbustos y el muro, había un espacio de poco más de un metro y medio de ancho y una pequeña chimenea de ladrillo por donde brotaban más y más letras de humo. En el suelo, al lado de la chimenea había una losa, una piedra cuadrada de granito, con una argolla de hierro.

—Esto me empieza a dar un poco de miedo —dijo Laura—. Nunca he visto letras de humo flotando por ahí, deberíamos avisar a mis padres.

—Pero tonta— respondió Fátima—, si solo es humo. Mira —Y con la mano deshizo las letras que iban saliendo por la chimenea.

—Claro —dijo Willy—, solo es humo. Creo que deberíamos abrir esa piedra, a ver si hay una máquina que haga letras o algo así.

Antes de que Laura pudiera responder Willy ya se había agarrado a la argolla y le daba fuertes tirones. Fátima se le unió con todas sus fuerzas. Al estirar de la argolla gruñían como si fueran dos cerditos, pero la losa no se movía.

Laura, ya puesta a colaborar con sus amigos, decidió pensar.

—Os vais a matar a tirones —dijo—. En el camino hay una manguera vieja, si la traemos y la pasamos por esa rama, le hacemos un nudo fuerte a la argolla y tiramos los tres, a lo mejor podemos abrir.

Con la manguera bien colocada por encima de la rama y con un extremo atado a la argolla, Laura, Fátima y Willy agarraron con fuerza el otro extremo y tiraron con todas sus fuerzas. Una y otra vez tiraron de la manguera hasta que al cabo de un rato la losa, con un fuerte crujido, se levantó unos centímetros.

— ¡Se mueve, se mueve! —gritó Willy—. ¡Más fuerte! Hay que tirar más fuerte.

Bola saltaba y saltaba, dando ánimos a los estiradores.

Laura y Fátima, que se estaban mordiendo los labios de tanta fuerza que hacían, miraban a Willy con cara de decirle «Si ya no podemos más fuerte».

La Losa, por fin, se abrió.

—… Pero ¿quién está? … Que no, que no, que no puede ser…cierren, dejen esta piedra en paz de una vez… mal rayo les parta…soy el encargado y me están fastidiando…suelten la piedra.

Al escuchar esa voz saliendo del agujero y ver unas manos huesudas y verdosas que agarraban otra argolla que había debajo de la losa soltaron la manguera y la losa cayó de golpe levantando una nube de polvo entre la niebla.

— ¡Ay, ay, ay! Mi cabeza —Es todo lo que oyeron mientras corrían, como alma que lleva el diablo, hacia el camino.

—Hemos visto lo que hemos visto ¿verdad? —dijo Fátima nerviosa—. ¿O no lo hemos visto? ¿Tú lo has visto Willy?, Laura ¿Tú que has visto?

Willy estaba pálido, y que Willy estuviera pálido teniendo la piel color chocolate solo podía deberse a que estaba muy asustado.

—Seguro que ha sido una visión. Como un sueño —aseguró Laura.

— ¡Oigan ustedes tres! ¿Les parece bonito dejarme en ridículo y darme con la piedra en la cabeza?

Laura y sus amigos se giraron al oír la voz y se quedaron paralizados.

De entre los arbustos salió un extraño ser que no paraba de hablar.

— ¡No está bien, no está bien! Deberían tener un poco más de educación. Andar por ahí molestando al personal. ¡Por favor, por favor!, qué falta de respeto. Y, además, agrediendo, haciendo…

Era una especie de gnomo, como de un metro, con la piel verdosa y feo. Pero feo, feo. Tenía una cabeza enorme para su cuerpo, con el cráneo como abollado, con cuatro pelos disparados, unos ojos pequeños y negros rodeados por arriba de grandes cejas y por debajo de grandes ojeras. Una gran nariz con granos. Dos orejas puntiagudas y caídas y una boca grande de la que sobresalía un enorme diente que apuntaba hacia arriba. Dos largas patillas pelirrojas caían hasta su barriga. Los brazos eran muy delgados y largos. Los movía constantemente mientras hablaba y hablaba.

Llevaba un gorrito de rayas amarillas y verdes, una camiseta vieja, de color azul claro, que le estaba pequeña, un chaleco de piel marrón, unas mallas rojas, unas botas también de piel y un morral verde brillante.

— ¡Cómo va a poder uno hacer bien su trabajo si la gente maleducada de la superficie incordia constantemente! ¡Claro! Y el que aguanta después las broncas es un servidor…

— ¿Qué superficie? ¿Quién eres tú? —se atrevió a preguntar Laura.

— ¿Que superficie va a ser? niña tonta, esta superficie, la superficie de la Tierra, donde viven ustedes, los humanos. ¿O es que acaso conocen humanos que vivan en las profundidades de la Tierra? ¡NO! ¿Verdad? Y… ¿Cuál era la otra pregunta?

— ¿Que quién eres tú?

—Ah, sí, buena pregunta. Es una pregunta necesaria para iniciar una relación entre seres civilizados. Es bueno saber con quién nos las tenemos que ver. Conocer al otro. Saber, al menos, su nombre. ¿Cómo se llaman ustedes?

—Yo me llamo Laura, esta es Fátima.

—Y yo me llamo Willy y somos amigos.

—Bien, bien, Laura, Fátima y Willy. Ahora que ya nos conocemos debo deciros que me tenéis muy disgustado, habéis interrumpido mi trabajo y me habéis arreado en toda la cabeza con la losa de piedra. Por cierto, ¿no me habíais preguntado algo?

—Que ¿Quién eres tú? «Pesao»— le dijo Fátima.

—Claro, claro, ¿y quién soy yo?, ¿no me he presentado? Pues soy Karakezo «EL GUARDIÁN», y mi trabajo es de una enorme responsabilidad y ustedes, señoritos de la superficie están poniendo en cuestión mi profesionalidad, así que doy media vuelta, regreso a mi puesto y espero que no vuelvan a molestarme.

El extraño ser llamado Karakezo se giró, estiró su cuerpo y a paso firme se dirigió hacia el interior del jardín, en dirección a la losa de piedra.

Tras un momento de parálisis Laura y Fátima lo siguieron.

—Vamos Willy, arranca ya —dijo Fátima— que se nos escapa el «lo que sea».

— ¡Oye, oye, Caradequeso! —le gritó Laura al extraño ser mientras intentaba alcanzarlo—. ¿Cuál es tu trabajo? ¿Qué es lo que guarda «EL GUARDIÁN»?

Karakezo se paró ofendido y se giró hacia Laura.

Fátima y Willy acababan de llegar junto a ella.

—Mire doña Laura. Cara de queso la que usted tiene. Si no nos respetamos, no nos respetamos. Pero la falta de respeto no lleva a ninguna parte. ¡Ah! Y mi nombre es KARAKEZO. ¡KA-RA-KE-ZO! ¿Lo ha entendido?

El ser se volvió a girar con un movimiento brusco y continuó su camino hacia la losa.

—Perdona Karakezo, perdona. Es que no te había entendido bien —gritó Laura corriendo detrás de él.

—Eso, eso, señor. Que no te hemos entendido bien —dijo Willy corriendo al lado de Laura y de Fátima—. Ahora que ya te hemos entendido nos gustaría ser tus amigos. ¿No es verdad Fátima?

Fátima miró a Willy como pensando: «Si tú lo dices…».

Bola, que todo este tiempo había estado escondido, temblando, debajo de un matorral que había detrás de la chimenea por la que salían las letras de humo, al ver a Laura y sus amigos volver con el ser monstruoso se hinchó de valentía, salió del matorral y empezó a dar brincos y gruñidos amenazantes alrededor de Karakezo.

— ¿Ser amigos? Sería una buena posibilidad. Como Guardián no tengo muchas oportunidades de hablar con nadie. Si fuéramos amigos…si fuéramos amigos… ¿Vivís cerca de aquí? ¿Eh?… Responded, vamos, responded.

—Yo sí —dijo Laura—, vivo aquí desde hace poco y ellos vendrán a visitarme muy a menudo.

— ¡Genial! ¡Estupendo! ¡Fantástico! ¡Maravilloso! ¡Asombroso! ¡Extraordinario! ¡Espléndido! ¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Alucinante! ¡Pasmoso! ¡Epatan…

— ¡Calla de una vez!, ¿podremos ser amigos o no?

—Sí. Seremos amigos. ¿Por qué me mandas callar?

—Porque eres un poco… «pesao» —dijo Fátima—. Reconócelo.

— ¡NO!, yo no soy un «pesao», a mí no me han asignado este puesto por ser un «pesao», me lo han asignado por la gran responsabilidad que supone. Un Guardián no puede serlo cualquiera. Eso me dijeron. Y aunque no tengo la oportunidad de hablar con nadie casi nunca, es un gran orgullo desempeñar esta alta función que es vital para el buen funcionamiento del mundo subterráneo y del mundo de la superficie de este querido planeta nuestro…

—Ya, ya, ya…, pero… ¿Qué es lo que guardas? ¿Cuál es tú trabajo? —preguntó Laura.

— ¡Vaya pregunta tonta!, ¿Pues qué voy a guardar? La salida 1235711 y su chimenea adjunta, que debo mantener limpia, bien conservada y siempre despejada para que puedan fluir las letras de los librofantes desde el mundo interior al exterior. Evitar que las hojas y la porquería se depositen en la chimenea, reparar la chimenea si sufre algún percance, mantenerla bien escondida y camuflada, impedir que los seres humanos descubran nuestra existencia. En fin, lo normal.

—Pues debes ser muy bueno limpiando y reparando chimeneas, porque lo de mantener esto camuflado y escondido no parece ser lo tuyo —le dijo Fátima con cachondeo.

—La verdad es que, en los doscientos años que llevo guardando esta entrada, no he tenido que reparar la chimenea jamás y apenas he tenido que limpiar. Como podéis ver, sobre la chimenea no hay ninguna rama, ni nada que pueda taponar su salida y el poco polvo que se acumula se lo lleva la lluvia. Respecto a lo vuestro… es algo inusual, muy raro, no deberíais estar aquí, esta salida se escogió debido a que bajo la losa había una antigua bodega que pertenecía a una casa abandonada desde hace trescientos años, rodeada de un muro y que debería haberse arruinado del todo hace tiempo, siendo invadida por el bosque y olvidada para siempre. No entiendo lo que ha ocurrido.

—Pues creo — dijo Laura— que va a ser culpa de una autopista que pasa por aquí al lado y de la crisis que tenemos, que ha traído a mis padres a vivir aquí.

—Sí, va a ser eso —comentó Willy en voz baja.

—La culpa va a ser de eso —dijo Fátima—, y de este estúpido perro que ya me ha roto los cordones de una zapatilla. ¡LARGO DE AQUÍ BOLA!

Bola pegó un brinco justo antes de que Fátima le arreara un cachete y se metió en el agujero de la losa de piedra.

— ¡No, no, no! ¡Animal, sal de ahí! —Karakezo entró como un loco en el agujero—. No podéis entrar, no es vuestro mundo. ¡Hay que hacer las cosas bien! ¡Fuera, fuera!

— ¿Pero qué mundo? —Laura, Fátima y Willy entraron detrás del nervioso Karakezo y vieron lo que era una antigua bodega excavada en la roca, con cinco barriles gigantes de madera y un banco de piedra que parecía hacer las veces de cama de Karakezo—. Si esto es una bodega de las de toda la vida — dijo Fátima.

Karakezo que había estado dando brincos detrás de Bola sin lograr cogerlo, se paró en seco al oír la voz de Fátima.

— ¡Largo de aquí! ¡Fuera!, quedamos en que éramos amigos y están poniendo en peligro mi reputación. No pueden entrar en el mundo interior. ¡Por favor!, salgan de aquí, hablemos fuera…

—Pero si esta bodega es mía, está en mi casa. No pienso salir de aquí —dijo Laura.

— ¿Dónde está la máquina esa «nosequefante» que hace las letras? — preguntó Willy.

— ¡Está bien! ¡Está bien! Me rindo. Sentémonos aquí —dijo Karakezo señalando el banco de piedra— y les explico.

Laura cogió a Bola sobre sus piernas y Fátima se sentó a su lado. Willy se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el banco. Delante de ellos Karakezo se movía de un lado a otro sin parar.

—No hay ninguna máquina «nosequefante» —explicó—. Son librofantes, animales de las profundidades de la Tierra, y por estas chimeneas salen las letras que producen al hacer la digestión. Mi trabajo es vigilar esta salida, pero hay muchas más repartidas por toda la Tierra, miles y miles de ellas.

—Y ¿por qué tienen que salir esas letras de humo? —preguntó Willy—. ¿Para no contaminar las profundidades?

– Yo solo sé lo que les he dicho y que no son de humo, son letras de una cosa que se llama neuragrafina.

—Total, que nos hemos sentado aquí para escuchar que no sabes nada de nada —dijo Laura—. Creo que te lo estás inventando todo, eres un mentiroso. Nos vamos. No podemos ser amigos de un mentiroso.

— ¿Un mentiroso? ¿Un mentiroso yo?, pero ¿cómo se atreve? —exclamó indignado—. Debería preguntarle eso a los pastores de librofantes, no a mí y, además…

—Y ahora pastores de librofantes. ¡Qué imaginación! —dijo Fátima—. Es un mentiroso profesional. Y, ¿por dónde se va a las profundidades de la Tierra?, aquí no hay ninguna puerta. No saldrás por la chimenea ¿verdad?

— ¡Ya está bien de llamarme mentiroso! —gritó Karakezo enfurecido—. ¡A mí nadie me llama mentiroso! Esta es la puerta.

Se acercó a uno de los enormes barriles, movió una madera y el barril se abrió de par en par dando paso a un túnel perforado en la roca, una roca que desprendía una suave luz.

Laura se levantó de golpe con Bola entre los brazos. Los tres se acercaron al barril, incrédulos.

El túnel tenía unas escaleras labradas en la piedra y bajaba, y bajaba. Una luz rosada que parecía salir de la misma pared iluminaba el túnel.

— ¡Qué! ¿Dónde está el mentiroso?-— se burló Karakezo—. ¡Eh! A ver. A ver quién dice menti… ¡Ay, ay, ay!…que me han engañado. Yo no podía desvelar este secreto. ¡Ay! la que me espera como se enteren abajo…Vamos señores, todos fuera. ¡Hala fuera!

Pero los amigos ya estaban bajando por las escaleras seguidos por Bola. El reflejo de la luz rosada daba una apariencia de humedad a los escalones y a las paredes, pero en realidad estaban totalmente secas, Laura, al comprobar que no resbalaba, aceleró el paso.

— ¡Alto, alto! ¿Dónde creen que van? —Karakezo se lanzó tras ellos.

—Pues a ver librofantes ¿No? —respondió Laura.

—Esto es chulo —dijo Willy— ¿No será peligroso?

—Si viene Bola, que es lo más cobarde del mundo, es imposible que sea peligroso —comentó Fátima girándose para ver si el perro los seguía.

Bola seguía a los chicos, pero con los ojos como platos, el rabo entre las piernas y temblando como un trozo de gelatina de naranja. Los seguía para no quedarse solo con Karakezo, que bajaba corriendo detrás de Bola gritando como un energúmeno y absolutamente descompuesto.

— ¡Paren! ¡Párense por favor! Es muy peligroso. No conocen este mundo. Quietos ahí señoras niñas, y señor niño. Es peligroso, muy peligroooo…Ay, Ayyyy, Ayyy, mi cabeza…

Karakezo bajaba las escaleras como un loco, tropezándose y dándose golpes, ahora sí y ahora también, contra las paredes rosadas del túnel.

Laura iba la primera, saltando los escalones de tres en tres y con una sonrisa de oreja  a oreja. Detrás de ella bajaba Willy, tenso, como si llevara todos los músculos apretados y con una mini sonrisa en la cara que no se la creía ni él. Los últimos eran Fátima y Bola. Fátima riéndose como una chalada, disfrutando de aquella bajada a lo loco y el perro arrastrando la lengua y pensando seriamente en darse la vuelta, volver a casa y echarse una siesta. Muchas carreras para un solo día. Si por detrás no viniera aquel ser extraño y horroroso seguro que ya estaría durmiendo en la cocina.

 

 

Un mundo desconocido

— ¡Vaya, vaya!, ¡Mira, mira, mira! —exclamó Laura parándose de golpe— ¡Zapoteca! ¡Qué guapo! —Willy giraba su cabeza hacia todos lados.

La escalera se acabó y entraron en una inmensa cueva llena de estalactitas, estalagmitas y columnas. Las paredes daban esa luz rosada que también tenían las escaleras, pero en algunos lugares la luz era verdosa y en otros azulada. El juego de luces producía efectos extraños en las irregulares formaciones de piedra: Fátima veía una jirafa a su derecha y Laura tres leones cazando a su izquierda pero, al caminar unos pasos, la jirafa se convirtió en un camión de bomberos y los leones en un barco de vela; Willy tenía su vista fijada al frente, en un enorme pollo asado que no cambiaba de forma. De lo alto de la cueva, resbalando por las estalactitas, caían gotas de agua, como una lluvia lenta y aburrida que al llegar al suelo se juntaba en cientos de regueros que corrían en la misma dirección, hacia el centro de la cueva y desembocaban en un gran lago de agua verde y quieta, como si tuviera millones de plantas pequeñísimas creciendo encima.

—Esta cueva parece una catedral gótica —dijo Fátima.

Fátima había visitado con sus padres unas cuevas en la provincia de Ávila y su padre había dicho eso mismo: «Parece una catedral gótica».

Bola, arrimado a la pierna de Laura era el único que no miraba para arriba. Miraba para abajo y empezó a aullar.

— ¡Que te pasa? —le dijo Laura.

— ¡Lo ven! ¡Lo ven!, ¡ya se lo avisé! ¿Y ahora qué? —Karakezo llegó detrás de los chicos moviendo los brazos como si fueran las aspas de un molino—. ¡Peligro! ¡Peligro!

Centenares, no, millares de ojos amarillos que emitían una luz potente, los miraban desde la orilla del lago. Un zumbido, como si fuera el vuelo de las abejas, se empezó a escuchar, más y más fuerte cada vez.

Los ojos fueron saliendo del agua. Cada vez más y más ojos.

—Tápense la cabeza con las camisas —gritó Karakezo mientras estiraba de su camiseta hacia arriba—, son rankavellos, les dejarán sin pelos en la cabeza.

Ahora Laura los veía perfectamente. Eran unos bichos del tamaño de una rata, de color rosado y con venas azuladas, dos ojos amarillos, de pupilas negras, que sobresalían de la cabeza como si fueran los ojos de un caracol, la boca parecía una ventosa, tenían dos patas con unas garras afiladas, no tenían patas traseras, eran como un gusano y, sí, ahora lo veía perfectamente, tenían alas. Unas alas pegadas al cuerpo, que al salir del agua empezaron a desplegar.

Laura, asustada, se tiró al suelo tapando a Bola con su camiseta justo en el momento en el que, con un ruido atronador, como de millones de hojas de papel batidas por el viento, los rankavellos se lanzaron contra ellos. Varios rankavellos agresivos, los primeros, chocaron contra sus cuerpos, buscando las cabezas con las patas afiladas, buscando las cabelleras de los tres chicos y el cuerpo peludo de «Bola».

Ya pensaban que no saldrían vivos de aquel ataque cuando sonó un chillido agudo y penetrante, se dejó de escuchar el batir de alas de los rankavellos y todo quedó en silencio. Los rankavellos, asustados por aquel chillido, se replegaron hacia el lago, doblaron sus alas y se sumergieron en aquellas aguas extrañas.

Laura levantó la vista, a su lado Fátima y Willy estaban quietos y tumbados, con las cabezas tapadas con las camisetas. Delante suyo Karakezo caminaba sigilosamente hacia la escalera por la que habían bajado.

— ¡Karakezo explícame esto inmediatamente! —Una voz grave resonó por toda la cueva—. Y ni se te ocurra salir corriendo hacia la superficie.

Fátima y Willy se destaparon las caras. Al otro lado del lago vieron tres siluetas delgadas que caminaban rodeándolo y acercándose hacia ellos.

—Sí, claro…claro…todo tiene su explicación —respondió Karakezo—, no puede ser de otra manera, todo se explica y tiene su lógica. Cada causa produce un efecto y el caso que nos ocupa no puede ser menos…

—Karakezo — dijo la voz que se acercaba hacia ellos— no juegues con mi paciencia. ¡Al grano! ¿Qué hacen aquí estos tres humanos?

—Apreciadísimo Aral, gran «Consejero de los Pastores», verás, es que… se han «colao». Sí, sí, sí, se han «colao», y ha sido inevitable. Sabes que llevo doscientos años guardando la entrada 1235711 sin ninguna incidencia, haciendo bien mí trabajo y, debido a circunstancias extraordinarias, hoy, precisamente hoy, se me han «colao» estos tres desagradecidos gracias a ese fiero animal que los acompaña y con el que me amenazan si no les obedezco…

—Pero… ¡Será mentiroso ese gnomo! —exclamó Willy.

Los chicos se habían sentado en el suelo, con Bola temblando entre ellos. Las tres siluetas ya estaban cerca. Eran tres seres delgados, de orejas pequeñas pero puntiagudas y piel amarillenta, casi amarillo limón; cuellos largos, largas melenas de color verde oscuro y cuerpos ágiles. Recordaban a algunos seres mágicos de los cuentos, pero eran altos como un ser humano. Uno de ellos parecía tener una edad similar a la de los chicos.

Vestían una ropa cómoda, camisolas anchas con cinturón de piel, gorros frigios de colores y pantalones tipo pirata. Iban descalzos. Los tres llevaban zurrones de piel y bastones largos trabajados con formas y dibujos.

El que parecía el jefe, al que Karakezo había llamado Aral, se adelantó a los otros y se plantó a medio metro de los chicos. Bola se hizo un ovillo y desapareció entre las piernas de Laura y Willy.

— ¡Miradme a la cara! —ordenó con tono severo.

Fátima, Laura y Willy levantaron sus caras con temor. Aquel ser imponía; asustaba bastante.

— ¿Cómo os llamáis?

—…yo me llamo Fátima —respondió Fátima con un hilo de voz que apenas le salía de la garganta.

—Y yo Willy. Ella es Laura y el perro…

—No importa el perro —dijo Aral mirando fijamente a Willy, que se estremeció—. ¿Qué hacéis aquí?

Laura quiso explicarse—: Mire, somos humanos y resulta que…

—Sabemos perfectamente lo que sois —le cortó secamente Aral—. Sois cachorros humanos de la superficie y mi pregunta no es esa, la pregunta es ¿Qué hacéis aquí?

—Hacer, hacer, pues no hacemos nada —Laura se animó—, solo paseamos. ¿Está mal eso? Paseábamos por el jardín de mi casa y vimos unas letras de humo salir por una chimenea. Levantamos la losa que había al lado y apareció él —dijo señalando a Karakezo— que, por cierto, es un rollo, no para de hablar. Abrió un tonel, vimos las escaleras y bajamos a ver que había.

—Ni más ni menos —corroboró Fátima.

El ser que parecía tener la edad de los chicos y que se había quedado unos metros más atrás de Aral se giró hacia Karakezo, que medio se escondía detrás de una estalagmita.

— ¿Tú abriste la entrada 1235711? —preguntó.

—Verás Elín, «Valiente protector de los rebaños», no fue exactamente así —respondió Karakezo—. La cuestión es que me amenazaron con esa bestia que va con ellos y además me engañaron con palabras mentirosas hasta que por error…

—Resumiendo, que la abriste tú —Elín se acercó a los chicos—. Y ¿ahora qué hacemos Aral?

—Tendrán que quedarse. Dorn —Aral se dirigía al tercer ser—, llévate a Karakezo  al Consejo y que busquen otro Guardián para la 1235711.

Laura se levantó del suelo al tiempo que decía: «Mire, es que no nos podemos quedar más rato. Nos esperan en casa, así que encantada de haberles conocido».

Willy, Fátima y Bola la siguieron en dirección a las escaleras.

Bola, al ver que iniciaban la retirada se puso en cabeza y salió corriendo.

A punto de llegar a las escaleras frenó de golpe, metió el rabo entre las piernas y empezó a gemir lastimeramente.

Tapando la entrada había cuatro rarísimos animales de tres patas con garras afiladísimas, una cola larga y gruesa, parecida a la de los dinosaurios de las películas, collares de hierro en el cuello y  con cara de pocos amigos, gruñendo de una manera terrorífica y babeando saliva roja. Nada tranquilizador.

Laura cogió a Bola en brazos y los tres amigos se giraron hacia Aral y Elín.

—Queremos irnos a casa — suplicó Willy.

—Eso ya no es posible —dijo Aral—. Os llevamos observando milenios y, salvo raras excepciones, los humanos sois únicos para destrozar todo lo que tocáis.  No podemos dejar que salgáis a la superficie a contarle a todo el mundo lo que habéis visto. Estaréis con nosotros un par de días para conocer y entender la importancia de que nuestro mundo permanezca secreto y entonces, y solo entonces, si superáis la valoración de Amina, la Principal, podréis volver a la superficie.

—Le prometo que no se lo contaremos a nadie. De verdad, de verdad, lo juro —dijo Laura suplicante.

—No podemos correr el riesgo —respondió Elín que jugueteaba con su bastón.

—Si no volvemos en dos días mis padres van a montar un escándalo terrorífico —dijo Willy con los ojos enrojecidos, a punto de llorar.

— ¡Toma! Y los nuestros —le replicó Laura.

—Pues no hay otra solución. Mejor que os lo toméis con humor —dijo Elín—. ¡Vamos! ¡En marcha! Hemos de ir a recoger el rebaño y volver a la ciudad.

Ya lejos del lago la cueva se estrechaba y comenzaba a descender. La luz fue cambiando de tono hasta volverse casi blanca. Avanzaban al lado de un pequeño río y poco a poco iban apareciendo plantas y animales que jamás habían visto, y algunos que jamás hubieran podido imaginar. A la orilla del río crecían unas plantas que parecían berenjenas, pero rosas; rozaban el agua con su punta y, cuando pasaba nadando alguno de los gusanos fosforescentes que había en el río, la berenjena se abría como si fuera una boca de dinosaurio y se los comía. Enganchados a las paredes de roca había cientos de bichos verdes enrollados en espiral que, de vez en cuando, saltaban como un muelle y se enganchaban en la pared de enfrente. Willy puso la mano encima de una piedra marrón y la piedra abrió un enorme ojo, sacó una lengua azul cielo y muy larga, y le dio un lametón en toda la cara. Bola quiso hacer un pis, vio un arbolito adecuado y al levantar la pata el arbolito salió corriendo.

Elín se dirigió a Laura

— ¿Cómo podéis vivir en una casa abandonada en medio de un bosque? ¿No vais a la escuela?

— ¿Y tú? Idiota amarillo ¿No deberías estar en el colegio? —respondió Fátima con rabia.

—No —dijo Elín—. Hace mucho que acabé mis estudios, hace ciento seis años.

Los chicos se volvieron a mirarlo con caras de incredulidad.

— ¡Claro¡ —dijo Laura—.  Y nosotros tenemos mil años cada uno.

— ¡Ja, ja, ja…! si los humanos no vivís más de noventa o cien años como mucho y…

—Y si tú no eres humano ¿qué eres?, ¿un duende?, ¿un elfo? —le preguntó Fátima.

— No, esos son seres mitológicos de la Superficie. Nosotros somos «Domis» y en cierto modo somos parientes lejanos vuestros, ya que…

— ¡Elín! — Se oyó la voz de Aral que caminaba unos cincuenta metros por delante —Ya estamos. Hay que recoger el rebaño.

Con un ruido ensordecedor, el pequeño rio se precipitaba al vacío formando una altísima cascada.

La cueva por la que habían bajado se acabó de golpe, desembocando en el paisaje más alucinante que habían visto nunca.

Una bóveda de roca con larguísimas vetas de colores que se extendía por todos lados hasta perderse de vista y bajo la cual había montañas, ríos, lagos, bosques, prados de diferentes colores y, al fondo, una gran ciudad que desaparecía en el horizonte. A lo lejos se distinguían montañas nevadas, y había nubes. La altura de la gigantesca caverna era inmensa y en lo más cercano, en lo que llegaban a ver, el techo estaba lleno de chimeneas invertidas en los que se metían las letras de humo que flotaban hacia arriba.

Desde donde estaban ellos un camino de piedra descendía hacia la izquierda, desviándose de la cascada, y llegaba a unos enormes prados de hierba azul donde cientos de enormes animales, con trompas parecidas a las de los elefantes, pastaban tranquilamente, protegidos por los feroces bichos de tres patas. Por sus trompas expulsaban letras y números de humo que ascendían hasta la bóveda, a esas chimeneas, y por allí desaparecían. En el cielo, por llamarlo de alguna manera, por el aire, volaban seres de muchas formas diferentes, como pájaros, pero no lo eran, o no se parecían a los pájaros de la superficie. Fátima se quedó mirándolos fascinada hasta que uno, que no mediría más de veinte centímetros voló hacia ella y le soltó un chorro de agua en la cara.

Aral se dirigió a los chicos, que tenían caras de abobados y los ojos como platos.

—Mirad, este es el mundo interior, nuestro mundo, y le llamamos Ingaia. Y esos son los librofantes— Señaló al enorme rebaño—. Ahora vamos a bajarlos al valle, a guardarlos en los establos. Cuando lleguemos a la ciudad os explicaré lo queráis saber de nuestro mundo.

— ¡Vamos Aral! —gritó Elín, que, con la vara levantada, corría hacia el rebaño de librofantes.

Junto al rebaño había ocho o nueve domis más, mujeres y hombres, con sus bastones de madera, silbando a los animales.

Los Ku, que así se llamaban aquellos horrorosos perros de tres patas, subían y bajaban por los prados haciendo que los librofantes se juntaran y comenzaran el descenso hacia el valle.

Laura, Willy y Fátima, olvidando que estaban retenidos en ese mundo interior, se pusieron a correr y a saltar junto a los domis.

Bola, desconcertado, no sabía adónde ir, miraba a los Ku, que saltaban alrededor de los librofantes y le entraban ganas de seguirlos, pero le daban miedo, luego miraba a Laura, que corría con los domis y pensaba en seguirla. «Cuanta carrera, cuanto salto, cuanto cansancio» pensaba. Y decidió bajar tranquilamente detrás del rebaño, a su paso, despacito. «En algún momento se pararán y los alcanzaré» pensó.

— ¡Eh chico! ¡Sal de ahí! —Una domi agarró a Willy del brazo y tiró fuerte de él—. Te estabas metiendo entre las patas de los librofantes y, ya te digo yo, que un pisotón de esos animales duele bastante.

—Gracias. ¿Cómo te llamas?

—Glaím, soy la hermana mayor de Elín. ¿Y tú?

—Willy, me llamo Willy —le respondió  extrañado—. ¿Mayor? ¿Cuánto mayor?, parecéis de la misma edad.

— Claro, porque solo le llevo doce años.

— Ya estamos otra vez con la tontería de los años. ¿Es una moda en este mundo? ¿Todos sois igual de mentirosos? Tú no puedes tener más de doce o trece años.

—Los domis vivimos muchos más años que vosotros. Te lo juro.

— ¡Vaya! ¿Qué es esto? ¿Plastilina? —dijo Willy riendo mientras miraba su pie hundido en una enorme bola de pasta roja—. ¿Os crece plastilina del suelo en este mundo?

—No. Es un cagajón de librofante —respondió Glaím soltando una carcajada brutal.

Laura, Fátima y todos los que estaban cerca se morían de risa mientras Willy, serio y con la cara del mismo color que el cagajón intentaba sacar su zapatilla de aquella masa densa y maloliente.

Laura, oliendo la posibilidad de que su perro siguiera los pasos de Willy y decidiera rebozarse en aquellas atractivas boñigas rojas, se puso buscar a Bola. Lo encontró a unos treinta metros por detrás del rebaño, bajando por el campo tranquilamente, y lo cogió en brazos.

Un ave del tamaño de una gallina, con un solo ojo en el centro de la cabeza, dos crestas rojas que le caían a los lados como dos orejas y una larga cola arcoíris, estaba posada a pocos metros. Laura se quedó observándola maravillada cuando, al girarse para continuar el camino, vio como una sombra, una silueta oscura y grande se levantó de entre las hierbas y salió corriendo hacia las rocas de la colina.

Fueron unos segundos, pero Laura sintió el escalofrío del miedo. Corrió cuesta abajo con Bola entre los brazos hasta llegar al rebaño.

— ¡Elín, Elín! — gritó— ¡Párate! Ven un momento.

Laura le contó lo que había visto. Le dijo que estaba asustada y que «por favor» no se separara de ella hasta llegar a la ciudad.

— ¡Bálum! — chilló Elín con fuerza haciendo gestos con su vara y mirando hacia el otro extremo del rebaño.

Un domi con largas patillas, botas de piel, chaleco de pelo de librofante y un bastón muy largo y acabado en punta, que parecía más una lanza que una vara, se acercó corriendo hacia ellos.

— ¿Qué pasa Elín?

Elín le cuchicheo algo al oído. Bálum forzó una sonrisa y cogió a Laura por el hombro.

—No te preocupes chica —le dijo—, seguro que has visto un juego de sombras creado por la luz que tenemos en Ingaia. Este es un mundo interior, en realidad es una cueva, y la luz que tenemos la producen millones de seres microscópicos que viven en las paredes, por eso no es una luz constante como la de la superficie, es una luz variable que produce efectos ópticos y sombras. Estate tranquila. Ya queda menos para llegar a la ciudad.

Elín y Laura continuaron bajando por el camino mientras Bálum subía para colocarse al final del rebaño.

Los prados iban dando paso a grandes arboledas de árboles nunca vistos. El color de sus hojas era, principalmente, el azul. Azul de muchos tonos diferentes, azul marino, azul cobalto, azul celeste, azul gris piedra…Otros árboles, los menos, variaban sus colores entre los verdes clásicos y los amarillos y rojizos de los árboles en otoño.

A medida que bajaban hacia el valle iban apareciendo huertas bien cuidadas llenas de verduras desconocidas y lo que parecían árboles frutales, muchas formas se parecían a las de la superficie, pero los colores no tenían nada que ver, era como si un avión hubiera vertido la paleta gigante de un pintor.

Todo ese paisaje estaba habitado por infinidad de pájaros, ardillas, conejos, ciervos, vacas, caballos, ovejas y demás…Pero solo para que nos entendamos, porque las ardillas trepaban por los árboles pero no parecían ardillas, los conejos corrían rápido por los matorrales pero no parecían, en absoluto, conejos, los ciervos ciertamente parecían ciervos a excepción de las cinco patas, la cola de canguro y los tres ojos. Vacas porque eran mansas y gordas pero tenían la piel a rayas violetas y amarillas y cinco cuernos, se llamaban Mhu; los caballos porque los domis los montaban, pero nada más, tenían una cabeza delante y otra detrás. Ovejas porque Elín les dio a los chicos algo de comer que parecía queso y les dijo que se hacía con la leche de las Bhe, aquellos animales; a Fátima le parecieron bolas de mocos gigantes y con patas.

Glaím y Willy, a la cabeza del rebaño, fueron los primeros en llegar a los corrales. Se trataba de dos enormes extensiones de prado cerradas por altas vallas de madera, de unos tres metros de altura y en cuyo interior había decenas de depósitos de agua. Por uno de los lados circulaba un río de aguas tranquilas y por el otro se veía la ciudad. Una ciudad de casas y edificios no muy altos, pero sorprendentemente modernos, nada de paredes de piedra ni chimeneas humeantes, eran paredes lisas y rectangulares, geométricas  y con grandes ventanas y techos planos. La ciudad asomaba entre los árboles y se confundía totalmente con el bosque.

Gruñendo y corriendo arriba y abajo, con su extraño galope de tres patas, los Ku obligaban a los librofantes a entrar dentro de los corrales. Laura preguntó si esos eran los únicos librofantes; le respondieron que no, que todo aquel mundo interior estaba lleno de rebaños de librofantes y los domis tenían pastores por todo el territorio. Al acabar la tarea los domis y los chicos se dirigieron a la ciudad.

Las calles eran amplias, adornadas con infinidad de plantas y cientos de fuentes, el aire era limpio como el de los bosques y campos por donde habían venido.  No había vehículos de ningún tipo. El único ruido era el producido por las conversaciones de los muchísimos domis que caminaban por los relucientes paseos.

— ¿No tenéis coches? —preguntó Fátima.

Elín le explicó que su cultura había decidido llevar una vida relajada y que prescindían de cualquier mecanismo de transporte mecánico. Solo caminaban y corrían. En realidad, le dijo, somos una civilización mucho más avanzada que la vuestra, poseemos tecnologías que vosotros aún tardaréis mucho tiempo en descubrir, así que cuando necesitamos transportar grandes pesos de un sitio a otro o desplazar a un domi a una gran distancia de manera urgente simplemente lo hacemos desaparecer de un sitio y lo hacemos aparecer en otro.

—A eso en mi pueblo se le llama magia —dijo Laura mirando de reojo a Willy con una retorcida sonrisa de incredulidad.

—Pues aquí le llamamos ciencia —contestó Elín.

Willy cogió de los brazos a Laura y a Fátima y se retrasó un poco del grupo.

— Chicas. ¿No creéis que esta gente nos está tomando el pelo? Que si viven cientos de años, que si aparecen y desaparecen… —les dijo en voz baja.

—Sí. Y además se hacen pasar por unos pastores medievales y antiguos, pero su ciudad es tan moderna o más que las nuestras. Es muy raro.

—Vayamos lo más juntos posible y no nos despistemos —dijo Laura.

Laura, Willy y Fátima, acompañados por Aral, Elín y Glaím se dirigieron a la Principalía, una casa de tres plantas en la que vivía Amina, la Principal.

Era una casa igual que las otras que habían visto, no había vigilancia ni nada que se le pareciera.

—Esto no es como la casa del Presidente del Gobierno —dijo Laura.

— ¡No! Es como mi casa, pero algo más grande —le contestó Fátima.

— ¡Pues la Principal no mandará ni una mier…

— ¡No digas burradas! —le recriminó Fátima a Willy.

—Que no debe de ser muy poderosa. Quiero decir que no debe ser muy importante. Con esta casa y sin policías ni soldados que vigilen, será como una más, una mindundi, como nosotros.

Mindundi lo serás tú «tontolhaba». Yo soy una niña de armas tomar — aseguró Laura.

— ¿Qué es mindundi? —preguntó Fátima.

—Fátima, escucha un momento —le cortó Glaím— Ahora, cuando os presenten a la Principal, comportaros de una manera normal, no con los estúpidos protocolos que tenéis en la superficie. De manera natural y nada más.

Aral se acercó a la puerta y esta se abrió. Se abrió sola. Lenta y suavemente.

— ¡Mis queridos amigos de la superficie!, sabía que vendrían. A pesar de lo mucho que me han hecho sufrir sé que me aprecian. Todos ustedes me aprecian, lo sé. Todos menos esa bestia peligrosa llamada Bola, naturalmente. Así que, doña Laura, tenga a bien coger a ese monstruo en sus brazos para evitar…

— ¡Karakezo! ¿Qué haces aquí? — exclamó Laura mientras Bola saltaba a sus brazos presa del pánico.

— ¡Ayudarles! ¡Servirles! ¡Qué, si no! Me presenté ante el Consejo y, con mis sólidos argumentos, les hice ver la valentía de haberles guiado, sin sufrir percances, hasta contactar con Aral «Gran Consejero de los pastores», evitándoles todos los peligros naturales procedentes de un medio hostil y, agradeciendo mis servicios, decidieron relevarme de mi puesto de «GUARDIÁN» para ascenderme al muy relevante puesto de «GUIA DE LOS FORASTEROS». Motivo por el cual me tendrán a su lado durante todo el tiempo que…

—Resumiendo, que tu castigo es hacer de mayordomo de los chavales —sentenció Elín.

—Es otra forma de explicarlo, claro está y, ahora, deberíamos ir pasando. La Principal nos espera.

Atravesaron una gran sala muy sobria, sin nada de lujos y con un mobiliario práctico. En las paredes no había nada, eran lisas  y tan solo se apreciaban unos reflejos rectangulares. La luz salía del techo, de todo el techo; aumentaba al entrar en la sala y se desvanecía al salir de ella. La habitación daba a un patio lleno de plantas y de insectos voladores rarísimos. Una domi alta y regordeta con el pelo lleno de finas trenzas negras estaba sentada delante de una gran mesa llena de rarísimos instrumentos. Iba descalza, vestía una túnica roja y en la cabeza tenía unos cuantos insectos de esos tan extraños. Se giró hacia los visitantes sonriendo.

—Queridas chicas —habló con una voz suave y melodiosa—, bienvenidas a Ingaia, a pesar de que haya sido por accidente y contra vuestra voluntad. Confío en que sabréis entender el porqué de nuestros secretos y en que podréis estar en casa cuanto antes. Pero primero me presentaré. Yo soy Amina, y en estos momentos soy la Principal de Ingaia. ¿Y vosotras?, ¿Cómo os llamáis?

—Yo soy Laura, señora y vivo en la casa donde está la entrada a este planeta.

—No es un planeta, boba, simplemente es el interior de la Tierra. Yo me llamo Fátima y, además, somos amigos.

—Ya salió la sabionda — saltó Willy.

—Y tú. ¿Cómo te llamas?

La Principal se dirigió a él pasándole la mano por el pelo rizado mientras unas cuantas cosas parecidas a mariposas daban vueltas sobre su cabeza.

—Me llamo Willy, pero no soy una chica.

—Eso ya se ve. ¿Por qué lo dices?

—Porque antes nos ha llamado chicas…

—Cierto — La Principal se reía —. Olvidaba que venís de la superficie. Os he llamado chicas porque las chicas de tu grupo son mayoría, y así no andamos repitiendo obviedades todo el rato como chicos y chicas, hombres y mujeres, pastores y pastoras y etcétera. En realidad en nuestro idioma cuando nos dirigimos a un grupo tenemos solo una palabra que podría traducirse en castellano como… ¿cerebros? No; mentes, eso es.

—Ah! —Willy miraba a la Principal con cara de abobado—, ya lo entien…

— ¿Su idioma no es el castellano? — Fátima no podía reprimirse, su ansia por saber le podía—, lo habla estupendamente.

—Hablamos el castellano, el griego, el árabe, el catalán, el latín, el inglés, el chino en todas sus variantes, el swahili, el arameo… Aquí hablamos todos los idiomas de la Tierra que tienen cultura escrita. Pero nuestro idioma es otro, más antiguo. Tan antiguo que se pierde en los laberintos del tiempo pasado y que, con nosotros los domis, llegó a la Tierra hace cuarenta y cinco mil años, al inicio de la humanidad, viajando desde las estrellas, desde un lugar cercano a lo que aquí llamáis cinturón de Orión.

— ¡Ya!… y ¿no tendrían nada para comer?, tengo hambre…

— ¡Willy! ¡No seas maleducado! —le recriminó Laura.

— ¡Ja, ja, ja, ja!….Tienes razón. Debéis estar hambrientos, vamos dentro. Karakezo prepáralo todo.

Karakezo, que se había mantenido en un segundo plano, pegó un brinco y corriendo torpemente y diciendo cosas ininteligibles regresó a la sala por la que habían entrado al patio. Desde el patio lo veían perfectamente. Se colocó en el centro de la sala y se puso a dar saltos como un loco, moviendo los brazos y las piernas como si fueran las aspas de un molino.

Elín y Laura entraron primero. A Laura, de la sorpresa, se le abrió la boca y le salió un hilillo de saliva, no se lo podía creer.

—Pero ¿Cómo?…

— ¡Zapoteca!…—exclamó Willy chocándose con Laura—. ¿Cómo lo ha hecho?

Fátima se volvió Hacia Aral: ¿Y esto?, ¿tampoco es magia?

—Ciencia, siempre ciencia —le respondió.

—Ya pueden ponerse cómodos los ilustres invitados y comer lo que gusten, y descansar relajadamente mientras disfrutan de las vistas y de la sublime narración sobre la fascinante historia de los domis y la de nosotros, los humildes K’mlos, que convivimos con ellos en las profundidades de la Tierra desde tiempo….

—Ya está bien Karakezo. Vas a provocar dolor de cabeza en nuestros invitados.

—De acuerdo Glaím, «Excelsa protectora de las crías de lib…

— ¡Ya! —Y Karakezo se calló.

Laura arrugó la nariz en un gesto de incomodidad; no le gustaba que trataran a Karakezo como a un ser inferior. No le gustaba nada de nada.

La gran sala vacía, de sobrio mobiliario, estaba ahora amueblada con cinco bellísimas mesas llenas de bandejas repletas de comida y jarras de bebidas de diferentes colores. Tres largos sofás cubiertos de cojines se repartían alrededor de las mesas. La luz era de un blanco parecido a la luz del sol.

En las paredes, unas decenas de pantallas de diferentes tamaños, proyectaban imágenes. Daba la impresión de que se podía meter el brazo dentro de las pantallas, eran imágenes en tres dimensiones, muy reales. Y todo eso apareció en menos de dos minutos con los saltos de Karakezo.

La Principal se dirigió a Laura riendo.

—Esto no tiene nada que ver con las tonterías de Karakezo. Lo he encargado yo mientras hablábamos en el patio. Todos los domis tenemos un aparato microscópico implantado bajo la piel que nos permite controlar mentalmente todos los mecanismos de nuestro mundo. Simplemente he dado la orden de materializar esta comida y estos muebles.

—Entonces, ¿no son reales? —preguntó Laura sentándose en el sofá.

—Sí, claro que lo son, no aparecen de la nada. La comida se ha hecho en las cocinas centrales de la ciudad y los muebles están en el almacén central. Simplemente los hemos transportado hasta aquí usando la física. En el futuro los humanos deberías poder hacer lo mismo.

— ¿Porqué no subís a la superficie y nos enseñáis? — inquirió Willy sin quitar la vista de las bandejas de comida.

—Conseguir las cosas sin esfuerzo y sin estudio solo sirve para usarlas mal, de manera incorrecta y, muy a menudo, peligrosa. Los humanos debéis ir poco a poco, como fuimos nosotros en nuestro planeta hace un par de millones de años —explicó Aral.

—Eso lo entiendo —dijo Laura seria— mis padres también me lo dicen. Pero también me dicen que no debemos despreciar a nadie por ningún motivo, y vosotros tratáis a los K’mlos como esclavos o criados.

Amina, la Principal, tomó la palabra y contó como los domis se habían repartido por la galaxia hacía cientos de miles de años, buscando, planeta por planeta, especies con posibilidades de crear cultura para ayudarles a desarrollar un sistema de escritura. Escribir permite dejar constancia de las cosas que ocurren para que otros puedan aprenderlas aunque pasen muchos años, y eso, el conocimiento y el pensamiento, aumenta la libertad de las personas. Pero no es fácil llegar a la escritura, continuó Amina, se necesita que en la atmósfera del planeta exista una molécula llamada neuragrafina, que sólo la producen  las diferentes especies de librofantes que existen en la galaxia.

En la Tierra no había librofantes  y, además, los humanos tienen la mala costumbre de poner  en peligro de extinción cualquier especie y por cualquier motivo, están muy atrasados en la comprensión del universo. Así que los domis trajeron librofantes y crearon un mundo subterráneo, a resguardo de los humanos, para producir la neuragrafina y repartirla por chimeneas escondidas en lugares perdidos.

Durante la exploración de la galaxia, continuó Amina, nos tropezamos con los K’mlos, una civilización nómada que vivía y viajaba en grandes naves espaciales, los mejores ingenieros de la galaxia. Muchos de ellos se unieron a nuestra aventura. Aquí en la Tierra, al otro lado de Ingaia los K’mlos viven en sus ciudades, trabajamos juntos en el cuidado de los librofantes y en proyectos científicos. Los tratamos como iguales, Karakezo es otro cantar. Os habréis dado cuenta de que es imposible callarlo, habla y habla continuamente y se le escapa lo que debe guardarse en secreto. Veréis, continuó la Principal, hace doscientos años Karakezo le habló demasiado a alguien que, con la información de Karakezo, nos está provocando infinidad de problemas, incluso muertos. Los K’mlos y nosotros decidimos enviarlo lo más lejos posible, a la salida 1235711, mientras no solucionemos el problema que creó. Lo tratamos con un poco de dureza porque sino se vuelve ingobernable. Pronto conoceréis a más K’mlos, he invitado a su «Gran maestro» para que os conozca. Y eso es todo, terminó Amina, o casi todo. Dentro de dos días os examinaré y, si creo que estáis en condiciones para volver a la superficie, regresaréis a casa. En caso contrario os quedaréis aquí para siempre. Ahora a descansar. Dio las buenas noches, se levantó y se fue.

Estaban tan cansados que, a pesar de la posibilidad de quedarse en aquel mundo para siempre, se durmieron en menos de un minuto. Bola nada más ver el confortable colchón que le habían preparado salió corriendo al comedor y, antes de que alguna magia lo hiciera desaparecer todo, agarró el hueso de un enorme jamón de algún bicho de aquel mundo, lo arrastró hasta el colchón y se durmió royendo el hueso igual que un bebé se duerme chupando su chupete.

 

Peligrosos tintenklecks

El agudo sonido de miles de trompetas despertó a todo el mundo. Un sonido de alarma, de aviso y de peligro que puso a todos los domis en pie de guerra. Se agrupaban y se ordenaban por grupos, armados con unos extraños rifles que en lugar de cañón tenían una especie de piedra esponjosa.

Laura, Willy y Fátima saltaron de las camas asustadas y corrieron en busca de alguna puerta para ver qué ocurría. No encontraron salida alguna y las paredes de la casa, poco a poco, se volvieron transparentes. Podían ver lo que ocurría fuera, grupos de domis corriendo y organizándose como un ejército. Bola, el valiente, buscaba desesperado un lugar donde esconderse, pero ya no había nada, todo había desaparecido, salvo las paredes, que, aunque no se veían, si chocabas con ellas dolían.

Apareció Karakezo, increíblemente mudo y pálido, gesticulando y moviendo los brazos sin sentido ninguno.

— ¿Qué está pasando? — preguntó Willy—.Parece una guerra.

Karakezo no respondió, solo abrió los ojos como platos y dio un saltito.

—Creo que lo es —respondió Laura cogiendo a Bola.

— ¡Eh! —Fátima miraba a la izquierda, gritaba y agitaba los brazos—. ¡Elín! ¡Elín! ¡Estamos aquí!

Elín y su hermana Glaím se acercaban hacia la casa, armados también con aquellas curiosas armas, pero no parecían verlos.

Fátima se giró al escuchar un zumbido a sus espaldas y vio como del suelo surgía una burbuja transparente y sólida con Amina, Aral, Karakezo, cinco domis más y dos seres muy parecidos a Karakezo, dos K’mlos.

Glaím hizo algo al otro lado de la pared y una puerta invisible se abrió. Laura y Willy salieron corriendo a preguntar qué ocurría y se dieron cuenta de que desde fuera la casa no se veía, daba la impresión de ser un bosque, un camuflaje perfecto. Mientras, Fátima hablaba con Amina y Aral.

—Os quedaréis aquí, conmigo. No puedo poneros en peligro —dijo Amina.

— ¿Qué peligro? ¿Qué pasa? —preguntó Fátima.

Aral, Glaím y Elín se fueron con un grupo muy numeroso de domis.

 

Refugiados en un subterráneo repleto de aparatos de tecnología muy avanzada, y escoltados por diez domis armados, la Principal les presentó al «Gran Maestro» de los K’mlos, que se llamaba Ktarro, y a la «Gran secretaria», cuyo nombre era Kol’ta; parecían muchísimo más tratables que Karakezo, hablaban normal, no hacían aspavientos y parecían muy inteligentes, aunque el gusto en la ropa era igual de excéntrico.

Amina les explicó: «Veréis, desde los inicios del hombre, siempre ha habido alguien que, de manera casual, se ha tropezado con alguna chimenea de neuragrafina y ha logrado entrar en este mundo. Siempre fueron personas agradables y razonables que volvieron a la superficie e hicieron mucho para que la escritura se divulgara entre toda la especie humana, como el chino Bì Sheng, que inventó una imprenta hacia el año 1046 DC. Pero en el año 1512, cuando el conocimiento, gracias a la imprenta de Gutenberg, se estaba popularizando, apareció, por la entrada de la chimenea 11235813, Lehí H. Faldo, un joven de unos veinte años, muy  delgado, pero fibroso, que se ganó nuestra confianza durante años. Le cedimos un valle que nos pidió, el valle de Hoiredoma,  para experimentar con nuevos tipos de tinta, un valle con agua, una mina de carbón y mucho hierro. Se hizo muy amigo de Karakezo, el parlanchín, iban juntos a todos lados, y mientras tanto, Karakezo, sin darse cuenta, le iba contando secretos de ingeniería de los K’mlos y trucos para domar animales peligrosos. Cuando nos quisimos dar cuenta era tarde. Aquel joven apareció un buen día montado en un enorme «bigotera de lomo amarillo», haciéndose llamar el «Amo de Río Hoiredoma» y escoltado por quinientos tintenklecks. Todos nos reímos, como si fuera una broma, pero no lo era. Aquel joven al que acogimos era un perturbado, obsesionado con impedir que se difundiera la escritura por el planeta, con la misión de convertir a la raza humana en analfabeta y fácil de manipular, y con la ambición de dominar el mundo. Le dimos el secreto de la larga vida, nuestra amistad y un valle que convirtió en laboratorio. Contaminó las aguas con hierro y carbón, quemó bosques y creó a los tintenklecks, ejércitos que parecen sombras pero, en realidad, son seres de tinta, sin cerebro ni razón, esclavos del «Amo de Río Hoiredoma» y que, en contacto con los librofantes, destruyen la capacidad de producir neuragrafina. Ahora estamos sufriendo el peor ataque del Amo».

Durante un rato hubo un silencio monacal. Karakezo miraba al suelo, serio.

Silencio roto por Willy: « ¿Estamos en peligro?».

—Con tanta tecnología y tantos miles de años ¿No podéis con un hombre y unas manchas? —preguntó Laura sorprendida mientras Fátima repreguntaba: ¿Cómo defendéis a los librofantes? Y ¿Por qué te escondes aquí mientras los otros luchan?

Un pequeño coro de risas domis resonó en la sala subterránea.

— ¿No estaréis pensando que soy una cobarde? —dijo Amina entre risas—. Sí, os lo veo en la cara, lo estáis pensando.

Amina y sus escoltas miraron las pantallas y al comprobar que todo iba bien, la Principal se volvió a los chicos y les contó que ella siempre debía de quedarse allí, en el centro de control, junto a sus escoltas, pues la «Principal» era la encargada de los sistemas tecnológicos de Ingaia y tan solo dos escoltas y cinco domis anónimos tenían sus mismos conocimientos. El resto de la población se encargaba del cuidado de los librofantes, los huertos, las artes, los oficios y todo aquello que necesitaban para su subsistencia sin dañar al entorno. Debían estar ahí porque hacía muchos años que habían descubierto que una molécula de los tintenklecks destruía la tecnología domi. Los tintenklecks eran, para entendernos, como chicles aplastados pero de color negro, que podían tener diferentes formas, con brazos, con tentáculos, circulares… y atacaban tirándose encima. Se levantaban del suelo, donde se camuflaban como una sombra, y se tiraban encima de un librofante que se quedaba imposibilitado para producir neuragrafina. El tintenkleck se destruía, pero el «Amo de Río Hoiredoma» los creaba sin descanso y ese mismo acto de creación de manchas le daba poder, haciéndole invencible.

Los domis habían descubierto cómo destruir tintenklecks uno a uno,  usando unos fusiles con vainas hechas de una piedra volcánica porosa que los absorbía. Pero solo servía para repeler los ataques contra los librofantes, no era suficiente para acabar con esas manchas sin alma, ni para dejar sin poder al «Amo de Río Hoiredoma».

Un pitido agudo interrumpió la explicación de Amina, era un mensaje de Aral desde los pastos del delta brumoso.

—Son muchos, muchísimos… como jamás habíamos visto. Estamos frenando los ataques a los librofantes… pero son tantos que la mayoría se escapan y bajan hacia la ciudad. Parece que es lo que pretenden, quieren llegar a la ciudad. Esta vez el objetivo somos nosotros… Veo a Lehí en lo alto de la Aguja Negra, montado en su bigotera y… acompañado por unas manchas que no he visto antes, grandes como tres domis, y no son planas…son  como nosotros, tienen un cuerpo sólido. Es peligroso. Os envío a Glaím y a Elín de avanzadilla, para que os den la distribución de los tintenklecks.

Amina, seria y concentrada, daba órdenes. Distribuyendo a las fuerzas de la retaguardia para proteger el centro de control y poniendo a su disposición todas las vainas absorbentes que quedaban en los depósitos.

Bola, ajeno a todo el follón, tenía hambre y vio una espléndida jarra de leche sobre la mesa acompañada de unas galletas apetitosas. Saltó hacia ella y Karakezo se lanzó hacia el perro para detenerlo. Sin calcular bien, Karakezo pisó un limón con su pierna derecha, lo chafó esparciendo el zumo a presión y resbalando, se agarró a la cola de Bola que chocó con la jarra y el resto os lo podéis imaginar, un desastre esparcido por todos lados.

Tres segundos después del desaguisado Laura, Willy y Fátima, hablaban en voz baja. Willy asintió con la cabeza, Fátima animó a Laura y esta se acercó a Amina y le dijo algo al oído.

— ¿Tú crees? —dijo Amina.

—Mi abuela dice que funciona —respondió Laura.

—No perdemos nada por probar —Amina se dirigió a Kol’ta y a Ktarro y les explicó lo que habían dicho los chicos. Ktarro ladeó la cabeza y miró a los amigos con curiosidad, mientras Kol’ta abrió los ojos y asintió con la cabeza.

Hagamos una prueba —sentenció Amina, que se puso a dar órdenes a tres de sus escoltas, los cuales desaparecieron por una red de túneles subterráneos que conectaban toda la ciudad.

Ktarro dio una palmada con las manos y apareció una pequeña esfera en cuyo interior se veían varios K’melos, era una especie de comunicador. Ktarro se puso a dar órdenes para organizar la defensa en Khas’Ita, la ciudad de los K’mlos. Domis y K’mlos se tenían que coordinar para poder vencer al siniestro «Amo de Rio Hoiredoma».

 

Elín y Glaím llegaron sucios y agotados al centro de control, con una gruesa capa de polvo cubriéndoles la piel amarilla. Bebieron zumo fresco mientras Amina hacía aparecer un mapa en el aire. Glaím señaló las posiciones de los tintenklecks.

—Ves —dijo—. Ese grupo está bajando hacia aquí y, al venir hemos visto veinte o treinta tintenklecks rastreadores muy cerca. Aquí tras la colina Coral, a dos kilómetros de nosotros.

Amina se giró a los chicos y dijo: «Pues ahí haremos la prueba».

— ¿Qué prueba? —preguntó Elín.

—Verás —dijo Amina—. Laura nos ha explicado que en la superficie es muy normal mancharse con tinta, ellos la usan para escribir, no como nosotros que escribimos en el aire usando el implante. Y parece ser que es un tipo de mancha muy difícil de quitar, pero Laura dice que su abuela usaba una fórmula bastante efectiva, yogurt de limón ardiendo. Como los tintenklecks son manchas de tinta, aunque no están encima de papel o tela, la fórmula de la abuela de Laura puede que funcione y podríamos atacarles en masa. Estamos preparando una prueba que debe estar casi lista y he pedido que se ordeñen a todas las Mhu y Bhe que se pueda.

—Nosotros distraeremos a Lehí desde su retaguardia —dijo Ktarro—, somos muy rápidos y podemos causarles problemas y entretenerlos hasta que ataquéis con eso del yogur.

— ¿Cómo les atacaremos? —preguntó Glaím.

—Con camiones y mangueras, yo quiero una manguera —soltó Willy.

—No —dijo Amina riendo—. Aquí no tenemos camiones, les lanzaremos enormes burbujas de plasma rellenas de yogurt de limón caliente.

En medio de la sala se abrió una pantalla en la que se podía ver la batalla desde el aire. En todos los grandes prados los domis se enfrentaban cuerpo a cuerpo con los tintenklecks. Gran cantidad de librofantes caminaban sin rumbo, tambaleándose y con la trompa baja, habían sido afectados por las manchas y ya no producían neuragrafina. Las manchas se arrastraban por miles entre los arbustos  y solo se levantaban al llegar a los librofantes. Costaba verlas, los domis absorbían las que podían pero el recambio de la vaina era lento. Algún tintenkleck osado se atrevía a lanzarse contra un domi, dejándolo, temporalmente, sin visión y cubierto de porquería negra, pero los domis sabían que esa batalla la acabarían ganando. El peligro, esta vez era otro. En la pantalla vieron como en la cima de la Aguja Negra el «Amo de Rio Hoiredoma»  reunía a cientos de aquellos nuevos monstruos gigantes, venían directamente del valle de Hoiredoma, donde se veía brotar lava volcánica junto al río.

—Ese loco ha abierto una brecha al centro de la Tierra —dijo Kol’ta—. Con esa lava es como ha forjado las nuevas manchas.

—Hemos de darnos prisa, Principal —recordó uno de los escoltas.

Laura, Fátima y Willy miraban lo que estaba ocurriendo con incredulidad. Estaban envueltos en una guerra en las entrañas de la Tierra y corrían un peligro enorme. Hasta ese momento todo les había parecido como un poco de broma, una aventura fantástica, casi un sueño, pero después de ver las imágenes de lo que estaba ocurriendo fuera ya no hacía gracia, el sueño se transformaba en pesadilla y deseaban despertarse en sus tranquilas camas cuanto antes.

Los K’mlos avanzaban hacia la retaguardia del «Amo de Rio Hoiredoma», pero aún estaban lejos, en su zona apenas había tintenklecks. Eran muy rápidos pero, aún así, tendrían que forzar la marcha mucho más para poder hacer daño a los tintenklecks por esa parte.

Lo tintenklecks estaban llegando a los alrededores de la ciudad cuando se recibió la noticia de que la burbuja de plasma con yogurt de limón estaba lista y que se seguía fabricando yogurt a marchas forzadas en toda Ingaia por si resultaba efectivo. No podían perder tiempo.

Los domis hicieron algo con sus implantes y Laura, Fátima Y Willy, junto a Bola, Karakezo, Elín y Glaím, aparecieron dentro de una bola de plasma totalmente transparente y flotando a quince metros del suelo. Bola y Karakezo tardaron un milisegundo en abrazarse el uno al otro aterrorizados.

Otra gran burbuja de plasma, con Amina y sus escoltas, volaba a su lado. Habían sellado y camuflado el centro de control. Era el momento crítico y había que estar sobre el terreno. Ktarro y Kol’ta simplemente se evaporaron, desaparecieron, se habían transportado al cuartel general de los K’mlos para supervisar la producción de yogur de limón.

Delante de los chicos, una enorme burbuja de plasma rellena de yogurt de limón caliente avanzaba hacia la colina Coral. Los domis que defendían sus posiciones en tierra cantaban y animaban al paso de la burbuja.

—Es la hora de la verdad —dijo Amina—. A ver qué ocurre.

Se posicionaron sobre la cima de la colina. Al otro lado podían ver perfectamente las siluetas de tres decenas de tintenklecks rastreadores. Amina levantó el brazo derecho y lo dejó caer.

La gran burbuja de yogurt salió disparada hacia las posiciones de las manchas y reventó justo encima de ellas creando una lluvia amarillenta y espesa. Todos estaban callados, expectantes, esperando que la bomba funcionara. Durante unos minutos no se vio nada, una enorme niebla de yogur impedía la visión. Poco a poco se fue asentando sobre el terreno. Amina y sus escoltas estaban quietos como estatuas mirando al suelo. Glaím se rascaba el brazo izquierdo con el bastón de pastora, Elín tamborileaba con los dedos sobre el fusil absorbente, Laura, Fátima y Willy estaban cogidos de las manos y Karakezo y Bola seguían agarrados y con los ojos cerrados.

Amina dio un exagerado grito de júbilo que no parecía propio de una Principal.

La nube de yogurt se había disipado y en el suelo solo se veía un líquido oscuro que se evaporaba a los pocos segundos, eran los restos de los tintenklecks. Amina dio las órdenes para que cientos de burbujas de yogurt de limón salieran de los túneles de la ciudad. La noticia se difundió en minutos y los domis que luchaban en el campo cogieron nuevas fuerzas. Estaban seguros de que iban a derrotar a Lehí H. Faldo, el «Amo de río Hoiredoma», para siempre.

Los domis y sus burbujas avanzaban sin parar haciendo desaparecer a las manchas negras por miles. Durante horas el avance fue imparable. Estaban seguros de llegar a la Aguja Negra en poco tiempo y atrapar al loco del valle Hoiredoma. Bola y Karakezo, convencidos, al fin, de que no había peligro se convirtieron en valientes héroes que, desde la burbuja, amenazaban a las manchas; Bola ladrando como un chalado y Karakezo con su discurso guerrero.

— ¡Manchas de porquería! ¡Sucia tinta maloliente! ¡Arrodillaos ante el Gran Karakezo y sus amigos! —Movía todo el cuerpo como un torbellino, y su único y enorme diente bailaba de lado a lado de su cara al ritmo de sus palabras—. Queríais destruirnos ¿Verdad? Y ¿Qué habéis encontrado? Habéis encontrado a Karakezo y su inteligencia, que acabará con todos vosotros para siempre gracias a la ayuda de estos seres que me siguen con devoción. Os encerraré a todos en lo más profundo de…

— ¡Calla ya! —ordenó Glaím agarrándose la cabeza—. Me va a estallar el cráneo.

Una suave lluvia empezó a caer sobre los campos y los bosques, arrastrando los restos de tinta y de yogur. Los tintenklecks parecían vencidos, no quedaban más de mil; cinco o seis duchas de yogurt de limón y todo habría acabado. Las burbujas de plasma de Amina y de los chicos bajaron a tierra para reunirse con Aral. Bola lo agradeció infinitamente porque no podía aguantar más el pis y salió como un rayo hacia un árbol.

Willy cogió una buena bola de yogurt de limón y antes de poder engullirla recibió un capón marca de Fátima.

— ¡Estás tonto! No te comas eso, está mezclado con barro, polvo y tinta.

—Pero es que… —quiso responder Willy.

— ¡Ni «esque» ni nada! —remató Fátima—. Eres un guarro.

Laura ayudaba a Elín a recoger muestras de los restos de tintenklecks en bolsas y Amina, Aral y otros domis estudiaban la mejor estrategia para poder capturar al «Amo de Rio Hoiredoma». Pensaban en cortarle la retirada hacia el valle Hoiredoma y encerrarlo en una especie de pinza de la que no podría escapar. Entonces llegó la noticia. Los K’mlos se habían encontrado con otros miles de manchas escondidas en las faldas de las montañas de hueso, por el color que tenían, y que ahora se dirigían hacia el frente de los domis, intentando encerrarlos en una tenaza. La lluvia había limpiado el ambiente, la visibilidad era perfecta, pero las nubes tapaban la luz de las paredes, estaba muy oscuro, como un día de tormenta en la superficie de la Tierra, y eso complicaría las cosas, una sombra se ve bien cuando hay luz, pero a oscuras es imposible distinguirla. Había una solución, pero muy incómoda. Elín hizo aparecer una especie de bandeja y en ella vertió unos polvos que sacó de su morral. Como por arte de magia los polvos empezaron a multiplicarse y a flotar, a flotar por todos lados soltando un olor asqueroso, insoportable.

— ¡Agggghhh! ¿Qué es eso? —preguntó Fátima tapándose la nariz con fuerza.

—Guarrina —respondió Elín—. Una sustancia que atrae a los Rankavellos, les encanta —Poco a poco unas luces amarillas fueron iluminando el campo de batalla. Eran los ojos de los Rankavellos, que venían por millones. Laura, Willy y Fátima se tiraron al suelo y se taparon las cabezas con las camisetas. Glaím les dio unos pañuelos para cubrirse la cabeza, los domis se habían quitado sus gorros frigios y habían recogido sus melenas bajo un casquete de cuero que se abrochaba debajo de la barbilla. La luz de los Rankavellos permitía distinguir a los tintenklecks, pero no paraban de lanzarse contar las cabezas de los domis y de los K’mlos. La ofensiva avanzaba lentamente y todos esperaban que pasara la tormenta. Los chicos, de nuevo flotando en una burbuja, con Amina, protegidos de los dichosos Rankavellos, observaban como las nubes chocaban entre ellas y producían rayos de luz blanca que iluminaban todo durante milisegundos, como si fuera de día; la luz amarillenta y tenue de los Rankavellos quedaba eclipsada y, por un momento, se podía ver la maligna figura del  «Amo de Rio Hoiredoma» cabalgando su «bigotera de lomo amarillo» en lo alto de la cima de la «Aguja negra».

La Tormenta fue amainando y a las tres horas de lucha se empezaron a abrir claros. Muy lejos, detrás de la «Aguja negra», en el valle Hoiredoma, se podía ver claramente la columna de humo que producía el volcán abierto por Lehí, parte de ese humo se filtraba hacia la superficie a través de las chimeneas, pero la mayor parte se empezaba a acumular en las bóvedas de Ingaia. Si el volcán seguía así no harían falta tormentas, el humo taparía la luz y poco a poco Ingaia se convertiría en un reino de tinieblas en el que los tintenklecks dominarían a los domis y a los K’mlos.

Se abrió una pantalla en el aire y vieron a Bálum, que mandaba la vanguardia de los domis.

—Tenemos problemas graves —dijo serio—. Esas nuevas manchas tridimensionales están bajando de la Aguja Negra en masa y la lluvia de yogurt no les afecta, además son sólidos, enormes y hacen daño. Han herido a sesenta y tres de los nuestros hasta ahora. Esto es nuevo, no sabemos cómo enfrentarnos, nos vamos a replegar.

Los domis no entendían la violencia, atacaban a las manchas porque no eran seres vivos, eran artefactos y, hasta ahora, esos artefactos nunca habían hecho daño a nadie, solo  dejaban librofantes improductivos.

Realmente esto era nuevo, y muy peligroso. Amina mandó soltar a todos los Ku. Cientos de aquellos perros, a las órdenes de los domis, atacaban a las nuevas manchas, sin resultado. Nada funcionaba. El desánimo y el pesimismo empezaban a apoderarse de los domis, que aguantaban lo que podían delante de aquellos monstruos y, cuando ya no se podía resistir más, retrocedían unos metros y volvían a enfrentarse a ellos.

Un Ku pasó corriendo junto al grupo con un trozo de esas manchas en la boca; Fátima alargó la mano y se quedó con un trozo.

—Esta tinta parece azúcar —dijo—. ¿Son de tinta estos bichos?

— ¡Claro! —respondió Bálum—. Sólidos pero de tinta, como los tintenklecks.

—Disolvámoslos—dijo Fátima mirando al cielo y con cara de tonta—. Cómo terrones de azúcar en un vaso de leche. Hagamos un desayuno — y se rió.

—No te entiendo —dijo Amina.

—No te entendemos —dijeron Laura y Willy a la vez.

—A lo peor no funciona —respondió Fátima—, y seguro que es más lento que la lluvia de yogurt de limón, pero ¿por qué no los encerramos en burbujas gigantes llenas de leche? Cuando estén dentro los agitamos como un batido y se irán disolviendo poco a poco. O no, pero es una idea.

— ¿Alguna idea más? —gritó Amina, y esperó unos segundos—. Solo tenemos esta, así que a por ella —Amina empezó a dar órdenes—. Vosotras dos id a las factorías y que hagan burbujas gigantes llenas de leche ardiendo, vosotros transportaos junto a Ktarro, a ver si los K’mlos pueden crear burbujas gigantes para contener a unos cien monstruos de esos. Tenemos tres horas como mucho. Hay que apresurarse. Nunca hemos hecho burbujas de plasma tan grandes. Veremos…

Laura, pensando en burbujas gigantes llenas de cosas, se acordó de su tío Iván y de lo que en toda Barcelona se conocía como «La piñata asesina». Hacía un año su tío Iván y Tere, su pareja, celebraron  sus cinco años de convivencia y, lógicamente, según los patrones del tío Iván, tendría que ser una celebración inolvidable y, como él era albañil, decidió colgar del comedor una piñata llena de ladrillos. Se pasó dos semanas cosiendo trozos de sábanas de colores y pegando cientos de caramelos a los ladrillos. El tío Iván colgó la piñata del techo del comedor con unos buenos tornillos y unos ganchos. Llegaron los invitados, cincuenta personas entre primos, tíos, sobrinos, amigos y conocidos. Tere, la pareja del tío Iván fue la primera en sacudir la piñata con un palo de escoba; le taparon los ojos, la hicieron girar dos o tres veces y, a ciegas, dio un bastonazo en la piñata. Ni un rasguño, la piñata ni se enteró. Luego el tío Iván, armado con el palo de escoba, hizo lo mismo y arreó un buen estacazo; la tela se rasgó y una fuerte vibración sacudió el techo. El peso de la piñata ayudado por el golpe hundió el techo; un techo que era a la vez el suelo del señor Ramón y la señora Nuri que, junto a su sofá, se presentaron en la fiesta entre polvo y cascotes, y un poco magullados. Salió en todos los periódicos.

— ¿Y si las burbujas revientan? —preguntó Laura.

—Estaremos perdidos —contestó Aral mirando seriamente a Amina.

—Que no falle, que no falle —repetía Fátima—. Ha sido idea mía.

Willy se encaraba con Bola y con Karakezo—: ¡A callar los dos! Las ideas de Fátima son las mejores, es una supertontada.

—Superdotada, Willy, superdotada —le susurró Laura.

—Eso es. Superdoblada —Y se quedó tan ancho.

 

Los domis, confiando en el plan de Fátima, decidieron rodear la Aguja Negra, avanzando por el espeso Bosque Silente, sin ser vistos, y cortar la retirada del «Amo de Río Hoiredoma». Amina envió un grupo de cuarenta y dos domis, los mejores.

Mientras tanto las burbujas de plasma gigantes iban creciendo. Bálum, en una burbuja a unos cincuenta metros de altura, cerca de la bóveda de la caverna, observaba. Ya no llegaban nuevos monstruos desde el valle Hoiredoma, eso era una buena noticia, pero los que había eran algo más de tres mil, eso era mucho. Si la estrategia funcionaba y cada burbuja podía disolver a unos cien, necesitarían, al menos, treinta burbujas súper gigantes y mucho tiempo, de ocho a diez horas. Bálum descendió a tierra.

—Si Lehí retrocede —le dijo Bálum a Amina— y consigue fabricar más manchas gigantes, no tendremos salvación. Hay que asegurarse de que no se mueva de la Aguja Negra.

Amina envío a casi todos los domis disponibles para apoyar al primer grupo que avanzaba por el Bosque Silente.

—Aral —dijo Amina—, llévate a los chicos, si la táctica no funciona estarán más seguros en el otro lado. Y si la cosa se pone fea encárgate de que Karakezo los lleve al exterior por los Túneles Durmientes, aunque aparezcan en China, da igual —miró a Karakezo  y dijo—: ¿Lo has entendido trozo de melón?

Karakezo asintió con la cabeza.

 

El avance por el Bosque Silente era lento y pesado, era un bosque lleno de maleza en el que se tenían que ir abriendo paso a golpe de machete. Antes de la llegada de Lehí había sido un bosque maravilloso, la frontera entre la comarca de los Prados (donde estaba la ciudad) y el valle de Hoiredoma, un lugar mágico para pasear. Pero ahora solo mandaba el silencio. Ningún animal se atrevía a entrar, habían huido todos. Ni el viento se atrevía a mover las ramas de los árboles azules.

En fila india Glaím y Elín abrían paso para que Laura, Willy, Fátima, Bola y Karakezo avanzaran. Aral, a la cabeza de otra columna, no confiaba en llegar a tiempo para apoyar al primer grupo de cuarenta y dos domis, temía que Lehí se pudiera escapar montado en su peligroso bigotera.

De pronto vieron pasar  por encima del bosque una gigantesca burbuja. La fiesta había comenzado, pero ellos no podían verla.

Quedaba poco para salir del bosque y poder tomar posiciones detrás de la Aguja Negra. El grupo de los cuarenta y dos avanzados se comunicó con Aral. Ya estaban a las espaldas del «Amo de Río Hoiredoma» pero apenas cubrían espacio, si bajaba hacia el valle Hoiredoma escaparía con seguridad.

Desde sus posiciones no podían saber si en el campo de batalla la estrategia de las burbujas estaba funcionando o no, pero de repente una pequeña señal les indicó que sí podría estar funcionando. La montura de Lehí, el bigotera de lomo amarillo, empezó a mover su largo cuello de un lado a otro, parecía nervioso y giró sobre si mismo rápidamente. Si escapaba ahora volvería con más monstruos de esos y ya no habría defensa posible.

Aral mandó acelerar el paso, tenían que llegar ¡Ya!

Entonces ocurrió. Un atolondrado Karakezo le pisó una pata trasera a Bola y el aullido de lobo que soltó el perro resonó por todo aquel mundo, era la primera vez en cuatrocientos años que se escuchaba a un animal dentro del bosque. Lehí estaba avisado y ya no sería posible acabar con él. Aral, en lugar de enfurecerse y tomarla con Bola y Karakezo, bajó los brazos en señal de derrota. Lehí giró su bigotera y quiso salir huyendo. Pero el bigotera se quedó clavado en el sitio, sin moverse. Los Ku que estaban protegiendo librofantes respondieron al aullido de Bola e interpretaron que el bosque ya no estaba maldito. Dejaron a los librofantes en los prados y, como un ejército de trompetas, entraron aullando en el bosque. Miles de animales llegaron de todas direcciones para recuperar su bosque.

Las burbujas gigantes también habían funcionado y tres mil manchas monstruosas flotaban disolviéndose poco a poco en leche caliente.

El poder del «Amo de Rio Hoiredoma» se estaba debilitando y, por más que golpeaba furioso contra los lomos del bigotera, el animal, libre al fin, no se movía de lo alto de la Aguja Negra. Con una fuerte sacudida levantó la cola y las patas traseras, lanzando a su ex amo a quince metros de distancia.

El dolorido Lehí salió corriendo aguja abajo chillando y maldiciendo como un loco. Los domis lo atraparon al poco tiempo. Laura, Willy y Fátima se sorprendieron de su apariencia. El terror de los domis, el hombre que pretendía acabar con la escritura para dominar a una humanidad analfabeta, era un hombrecillo pequeño y muy delgado, casi calvo, solo tenía un mechón de pelo negro en medio de la cabeza, como una cresta, y se veía que estaba teñido con tinta; tenía una pequeña perilla, ojos pequeños y juntos de color azul metálico y una mal curada cicatriz justo debajo de la nariz.

Una burbuja aterrizó junto a ellos, era una muy sonriente Amina que se abrazó a todo el mundo.

—Y ahora ¿Qué hacemos contigo? —le preguntó a Lehí.

El hombrecillo miró a Amina con cara de víctima pero con los ojos duros como el cuarzo.

—Me encerraréis de por vida. No tengo más opción ¿verdad?

—Claro que la hay —contestó la Principal— Hay otra.

— ¡No se os ocurrirá! ¡Eso sería un asesinato! —chilló nervioso.

Willy saltó: No le haréis daño ¿verdad?

—No, por supuesto. Lo devolveremos al lugar de donde vino, a la superficie. Solo eso.

—Y ¿Por qué grita como un loco? —preguntó Fátima incrédula.

—Porque sabe perfectamente que es una anomalía —respondió Aral—. Es un «Homo sapiens sapiens» como vosotras, y si ha vivido durante quinientos años es porque está aquí dentro, respirando el aire especial de los domis. Los seres humanos, por ahora, no vivís más de cien años. Cuando regrese a su mundo morirá de viejo a los pocos días.

— ¡Pero eso es cruel! —protestó Laura.

—No, no lo es —dijo Amina—. Él obtuvo un beneficio al venir aquí y no lo supo aprovechar. Esos cuatrocientos años de más los desperdició produciendo dolor. No es de este mundo ni ha querido serlo. Volverá al suyo.

Varios domis montaron a Lehí H. Faldo, atado y amordazado, sobre su bigotera ahora totalmente manso, y se lo llevaron. Lo dejarían en una paradisíaca y solitaria isla del Pacífico, con comida abundante y buen clima. Y sin posibilidad de volver a entrar en el mundo de los domis.

Libres de enemigos los domis dejaron las mínimas patrullas de control y los grupos de pastores necesarios para cuidar de los librofantes. El resto de la población se retiró a descansar.

Amina, Aral, Glaím y Elín acogieron a los chicos y soportaron a Karakezo, que no dejaba de inventar y recitar cantares y poemas sobre la gran victoria de aquel día ante la atenta mirada de Bola, ahora su amigo del alma.

Rendidos por las emociones y el cansancio Laura, Fátima y Willy se quedaron dormidos.

Amina llamó a Bálum.

—Llévate tres memodrilos al túnel de la salida 1235711 y que inunden la casa de las chicas de olvidazol. A ellas se lo hemos dado en los zumos, cuando despierten en su casa nadie recordará nada, ni sus padres sabrán que han estado desaparecidas un par de días.

Los pesados y perezosos memodrilos salieron del lago a regañadientes e hicieron un largo camino acompañados por Bálum y Glaím. De regreso, acabada la misión, subieron a Bola, Laura, Willy y Fátima en una burbuja y ascendieron por los túneles seguidos de Karakezo.

 

Epílogo

Tres rayos de sol se filtraban por tres rendijas de la persiana mal cerrada y los tres le daban de lleno a Willy, en toda la cara. Se despertó con un apetito espantoso.

En ese momento entró la madre de Laura y subió la persiana de golpe. El sol, de lleno en las caras de los tres les hizo apartar la mirada con una mueca de desagrado.

— ¿Mamá?

—Sí.

— ¿Qué hora es?

—La de un desayuno de domingo magnífico. Las nueve y media.

Willy no tardó ni una milésima de segundo en salir de la cama. Fátima, tras la sorpresa del sol en la cara, se había dado la vuelta, metiendo la cabeza bajo la almohada, y se había vuelto a dormir. Laura buscaba sus zapatillas en el lado contrario de su cama. Bola estaba en una de las esquinas de la habitación y tieso como una estatua egipcia.

Un tazón de leche caliente con un poco de azúcar y una rebanada de pan con tomate y aceite acompañada de fuet o de queso hacen milagros de buena mañana. Con el estómago preparado Willy, Laura y Fátima salieron al jardín con la intención de explorarlo. No se ponían de acuerdo en qué dirección tomar y Fátima tuvo una idea.

—Dejemos que Bola nos guíe.

Bola que, algo rarísimo en él, no había comido nada, se puso a caminar decidido por el camino. Ellos le seguían comentando todo lo que veían. Bola se apartó y atravesando los matorrales llegaron a un árbol gigantesco.

—Mi padre me ha dicho que es un alcornoque y que es muy viejo. Colgaremos un columpio de esa rama —dijo Laura señalando hacia arriba.

—Podrías hacerte una casa de madera en el árbol— dijo Willy.

—Ya se lo dije a mi padre, pero no le veo muy convencido. Dice que primero tiene que arreglar la masía.

— ¡Mirad allí! —gritó Fátima—, un bicho en aquél árbol, una ardilla, ¿la veis?

A unos treinta metros, entre arbustos, había seis pinos altos y una ardilla que trepaba tranquilamente por uno de ellos.

Bola salió disparado en aquella dirección y los demás los siguieron. Cuando llegaron la ardilla ya se había ido y el perro agarró a Laura del pantalón y tiró de ella.

—Mirad, quiere que le sigamos —dijo.

Se metieron entre unos arbustos densos entre los que costaba avanzar, una vieja manguera  tirada en el suelo parecía venir del muro de la finca. Bola iba directo, no se desviaba, hasta que, al fin, se quedó quieto mirando a Laura. Estaban en un pequeño claro junto al muro, al pie de un pino. En medio del claro había una montaña de ladrillos y piedras rotas, restos de alguna obra.

—Esto no es interesante —dijo Laura—. ¿Volvemos a casa y jugamos con la consola?

Y regresaron por donde habían venido mientras Bola lanzaba un gemido al aire.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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