Por qué no.

 

Esto no es un cuento.

Yo tenía catorce años. Era el año 1973 y la vecina del segundo primera, no solo era la mejor amiga de mi madre, era una de las astrólogas más reputadas del sector de las cosas raras. Necesitaba ayuda y me ofreció quinientas pesetas a la semana, una fortuna para un chaval, por hacer parte del trabajo. Básicamente la redacción de las revoluciones solares y el texto general que acompañaba al dossier que entregaba a sus clientes a precio de oro. Clientes de todo tipo, desde algún ministro, un futuro lendakari, empresarios, amas de casa pudientes, y personas de poco nivel adquisitivo con problemas.

Yo, muy listo no soy, pero cuando para hacer la carta astral del día de tu nacimiento buscan la longitud y la latitud en un atlas escolar, sospechar no sospechas, pero levantas la ceja izquierda como pues eso…

Claro que luego te invitaban a un coctel en el hotel Ritz, con toda esa gente que salía en televisión y escribía libros, los Jiménez del Oso, Antonios Riberas y demás. Si a eso le juntamos que por hacer los ejercicios mensuales de dibujo técnico cobraba otras quinientas pesetas por barba a un compañero de clase holandés y a otro, hijo de un directivo de El Corte Inglés, que tenía unas manos que parecían pies, yo vivía estupendamente.

Normalmente yo iba a la casa de la astróloga al regreso del colegio, allí tenía la carpeta con los encargos y el librito. El librito era un libro antiguo, mejor digamos viejo, de hojas amarillas y fechado en 1920. Allí estaban todos los signos del zodiaco desarrollados en unas cuatro páginas cada uno. Si el primer encargo era un Escorpio yo tenía que copiar a máquina algún párrafo del Escorpio del librito, si el segundo encargo era Cáncer, pues lo mismo, y así.

Normalmente a esas horas la señora no recibía visitas, estaba con su atlas infantil desarrollando las cosas que le podían pasar a fulano y mengano por haber nacido en un momento determinado y marcado por la influencia de los astros. En ocasiones aparecía alguna mujer con alguna urgencia a pedir consejo. Yo me reía mucho porque siempre era lo mismo, Esto tiene mala pinta, pero si haces esto o lo otro se resolverá a tu favor.

Unos meses después, de repente, era experta en tirar las cartas, lo que se dice un nuevo nicho de incautos. Y no le fue mal, la fama de asesorar a políticos y empresarios iba por delante, que digo yo que si el país que tenemos no tendrá que ver con ciertos asesoramientos.

Una tarde llamaron al timbre. Eran Felipe de ocho años y su madre. Yo conocía a Felipe, era vecino del barrio e iba a mi colegio. Era un chaval movido, un tocapelotas para su edad, como yo lo había sido. La madre, desesperada, pidió que le echaran las cartas y que se mirara en los astros como podía poner a su hijo en vereda. Como la familia tenía bastante dinero la cosa se alargó diez sesiones. A la quinta ya veías que Felipe en el patio era otro. Yo dudaba si era por esa terapia de falta de sueño, por la estricta dieta para sacar de su cuerpo al alienígena o por el cilicio que había aconsejado la astróloga.

Menos mal que Felipe vivía en un segundo piso y el día once, cuando se tiró por el balcón, solo se rompió una pierna. El día doce decidí no volver a trabajar con la señora, y sí, decidí que lo mío eran las ciencias, pero las exactas, no las ocultas.

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