Xipreret 13

El quince de septiembre de 2007 se levantó muy húmedo. Melita, asomada a la ventana y doliéndose de la mayor parte de sus huesos, apenas veía el otro lado de la calle, y eso que el ancho de la calle Xipreret no hace más de tres metros. Bajaré mal que bien, pero hay que bajar, se dijo, luego el subir ya se verá. A las doce en punto, ella y Ramón y Lucía, tenían hora con el mediador y con el dueño del local de abajo. Estaba segura de que no habría problemas para que pusieran el ascensor, total solo eran dos metros por dos metros de un almacén de mil metros cuadrados. Había dos propietarios más, pero muy nuevos, y no quisieron saber nada. Si duráis aquí, pensaba Melita, ya veréis cuando tengáis niños, y para subir la compra…y si llegáis a los cincuenta súbete a un cuarto piso con las bolsas. Ramón y Lucía ya pasaban de los sesenta. Ni las directivas, ni las normativas, ni el sentido común, ni los esfuerzos del mediador hicieron cambiar el criterio del dueño de los locales. Que vayan a juicio, dijo, si quieren comprar los cuatro metros cuadrados de mí local para montar el hueco, que lo paguen, el precio es este, y volvió a poner el papel sobre la mesa. Oiga, ochenta mil euros están fuera de toda lógica, dijo Melita, que usted tiene un edificio en Sitges y se está poniendo un ascensor costeado por usted mismo para poder subir a su ático. ¿Me espía?, Mire que la denuncio, y los alquileres de ese edificio me dan para…He dicho a su costa, que se lo está pagando usted solito, está claro que quiere que nosotros le devolvamos la inversión. ¿De dónde ha sacado esa información señora? Nos vemos en los juzgados. ¿Para qué cojones sirve un mediador? murmuró Ramón.

Tras un año de litigios perdidos, Melita estaba cansada, Ramón y Lucía desesperados, y una de las parejas jóvenes esperando un niño. El dueño de los locales ya no pedía dinero, simplemente no pensaba vender ni un palmo de terreno. El abogado que les llevaba el caso era una hucha sin fondo. Resignados recogieron velas hasta el día del accidente. Así le llamaron, simplemente el día del accidente, un trece de marzo de 2010, cuando Nuria, la mujer de la otra pareja joven, se estrelló con el coche partiéndose la pierna derecha y amputándose el pie, entonces se enteraron de que era profesora de derecho civil en la Universitat Autónoma de Barcelona: ¡Esto lo arreglo yo en un plis-plas! Exclamó al verse encerrada en casa sin posibilidad de salir.

El once de junio de 2019, nueve años después del día del accidente, terminó el plis-plas con una sentencia que obligaba al propietario de los locales a ceder el terreno necesario para la construcción del ascensor a precio de mercado. Por la venta de cuatro metros cuadrados de suelo de la parcela B de su propiedad se le abonará la cantidad de cuatro mil doscientos euros, dijo el juez. Exultantes con el triunfo, los vecinos aceleraron lo máximo posible los trámites y permisos para colocar el ascensor. A finales de octubre los equipos de trabajo empezaron las obras. Melita, Ramón y Lucía a unos seis metros de las vallas se abrazaban, las dos parejas jóvenes, con cuatro niños aferrados a sus manos hablaban con la prensa: Que si esto han sido muchos años de lucha, que si gracias a mi especialidad esto ha tirado adelante, que si estar sin ascensor debería estar prohibido en el siglo XXI, que si…lo que viene a ser un plis-plas. Llegó el momento y todos expectantes observaron cómo las cuadrillas iniciaban los trabajos para levantar la losa que cubrían el futuro hueco del ascensor. Una hora más tarde la grúa, con un ruido sordo, despegaba la losa del suelo. Como el Valle de los Caídos, je, je, le dijo el varón de una de las parejas al otro, Ja, ja, respondió el otro, Y ahora vendrá el helicóptero. La losa llegó hasta el metro y medio de altura y la grúa la apartó hacia la derecha depositándola en el suelo.

La policía acordonó la zona, Melita y los demás vecinos, fueron recluidos en sus viviendas. Si es una fosa habrá que avisar a la prensa, dijo el inspector, Ni hablar por ahora, respondió la teniente de alcalde, ¿Cuál es el procedimiento? El esqueleto que se veía al fondo parecía completo y bien vestido, aunque raído. El cráneo, junto a un sombrero gris de fieltro de pelo azul muy de los años cincuenta, contaba con un notable agujero en la nuca y otro en el occipital izquierdo. La orden de parar las obras hizo llorar a Melita. A los tres meses, mientras indagaban si había una fosa común de la guerra o se trataba de un simple asesinato, Lucía falleció. Ramón, sólo, quiso vender el piso para ingresar en una residencia. Nadie estuvo interesado en comprar. Al año, sin ascensor, decidió bajar volando desde la azotea. Melita fue rescatada por una sobrina nieta que la llevó al pueblo. El propietario de los locales había vendido su patrimonio y estaba en paradero desconocido y las dos parejas jóvenes continuaban convencidos de que en un plis-plas todo estaría bien.

La noche de fin de año de 1952 el baile de la plaza del ayuntamiento fue un éxito, mucho frio, pero con la calidez humana de medio Hospitalet. Ferrán cumplía veinte años el día uno, heredero de los Prats, bailaba con Teresa, pubilla de los Mateu y llevaba en el bolsillo la carta de embarque a Turquía, a la vuelta, si los negocios iban bien, le pediría la mano. Joaquim, su hermano pequeño, con un plato de uvas en la mano se le acercó, lo abrazó y besó a Teresa en las mejillas. La música paró y Joaquim, delante de todo el mundo, le dijo que lo llevaba al puerto con el coche. Subieron por la calle Xipreret. Espera, dijo Joaquim, antes tengo que enseñarte lo que ha aparecido en el local de padre. Los cohetes y los petardos inundaron la ciudad. Feliz 1953.

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