El despertador

Como todo el mundo, ni más ni menos. Hay días que duermo muy bien, otros bien, alguno mal y a veces muy mal. Los mal y muy mal los vas arrastrando toda la jornada, como una losa que te impide pensar con claridad, como un demonio que te nubla la vista y te incita a estar agresivo. Bueno, esas cosas nos pasan a todos y hay que joderse. Una tarde, sentado en un parque, le di vueltas a ese asunto. No llegué a ninguna conclusión.

Al poco tiempo, en el mismo parque, vi a una madre sentada en un banco que, mientras su hija jugaba en los columpios, dormitaba dando cabezadas. Una mala noche, pensé, como tantos y tantos. Apareció un hombre que abrazó a la niña, la cargó y se la llevó. Señora, grité, y salí corriendo tras el hombre que, al verme, dejó a la niña y huyó. La madre, ya consciente, me invitó a un café. No señora, dije, una cerveza fría si puede ser. Y es que el sueño en vigilia puede tener sus peligros.

Como a muchos mi tiempo lo marca un despertador. El mío es analógico, lo compré hace dos meses. He decidido dejar el smartphone cargando en la cocina para que nadie me moleste durante el sueño. El despertador suena con una música clásica, de una ópera de Grieg, está muy bien, pero hace tres semanas que me tiene preocupado. Mi pareja ha comenzado a hablar en sueños, me desvela y le doy un codazo, ella responde con una patada. Es que no es ella, es el despertador.

El despertador habla. Miento, no habla, recita. Se dirige a mí por mi nombre y un lacónico “Esto te va a gustar”, a partir de ahí empieza por Gustavo Adolfo Bequer, luego Goytisolo, Miguel Hernández, Lorca, Lope… y así hasta que suena Grieg, puntual, a las seis y media de la mañana. He despertado a mi pareja en varias ocasiones, entonces el despertador se calla, ella me mira como si estuviera loco, me suelta una patada, se da la vuelta y se duerme, pero yo estoy agotado.

Le he quitado las pilas y he vuelto a poner el smartphone en el dormitorio. Las agujas horarias no giran la música de Grieg ya no suena, pero sigue recitando, ahora está con Gabriel y Galán, Alberti, Machado, Rosalía de Castro y Góngora. No solo eso, al smartphone le llama sobrino “Qué alegría de que hayas estudiado tanto, sobrino” le dice, y le está enseñando óperas de Verdi. Despertarte a las seis y media con el brindis de la Traviata a todo volumen es para ir al cardiólogo.

La doctora me ha derivado a un psiquiatra, asisto a todas las sesiones porque son por la tarde, por la mañana deambulo por casa reventado, he pedido la baja. Mi cerebro reproduce el brindis de la Traviata casi constantemente. A la hora de la comida, mi mujer come en el trabajo, le recito al plato “El embargo” de Gabriel y Galán o “Vaguedás” de Rosalía de Castro, y yo no soy gallego.

He tomado una decisión. He cambiado de smartphone, le he vuelto a poner las pilas al despertador y se lo he regalado a mi jefe, que no me cae muy bien.

 

 

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