Lo que hay que ver

En ocasiones veo muertos, es todo lo que recuerdo de una película de Bruce Willis que tuvo mucho éxito. Es una frase que se me aparece de tanto en tanto y sin motivo aparente. Ves a saber…

Luego vas y lo piensas, te miras al espejo y percibes que ya eres mayor, que has cumplido tus expectativas, más o menos, y, de repente, ves un muerto. ¡Joder! Exclamas, ¡No puede ser verdad! Pero lo es. En esa clase de dibujo que das de manera gratuita en un centro del barrio, entre nueve chicos aparece un muerto, que encima se llama Olegario. Vale, le llaman Ole, ¿Pero Olegario en el siglo XXI?

Ole me ha abierto los ojos, y de qué manera, estamos rodeados de muertos. Lo primero que me llamó la atención fue su falta de atención, y lo segundo la firma. Vale, tendré que explicarme un poco: El chaval, que tendrá unos catorce años, se presentó la tarde de un jueves oscuro y lluvioso, que quizás querría decir algo, y se apuntó a mi taller de dibujo y pintura. Me resultó curioso que, siendo un centro de barrio, a Ole no lo conociera ningún chaval, pero las ciudades son complejas y confusas, así que no le di importancia.

El chico fue directo, no se anduvo con rodeos, Mire señor, dijo, Voy a ser un gran artista, así que espero que sepa canalizar mi genio. Cuando un crio de catorce años dice palabras como canalizar y genio, tienes que sospechar, pero en ese momento no me di cuenta, le puse un caballete con una tabla y un papel, le di carboncillo y le dije: A ver qué haces con esa figura de yeso. Al cabo de un rato, viendo que tenía mano pero le faltaba técnica, le quise explicar que no se dibuja con la muñeca, que se dibuja con todo el brazo y gran parte del cuerpo, aunque estés sentado en una silla, le dije. La respuesta fue: Vale, pero ¿A que soy bueno?

Tres clases más tarde vino lo de la firma. Que qué me parecía y cómo se podía mejorar. No entendí nada, pero le di un margen, otras tres semanas más. Ole venía siempre solo y salía también solo. El resto de chicos y chicas charlaban entre ellos, reían, se hacían bromas y durante las clases preguntaban, preguntaban mucho. Eso me parece normal, es más, a un hombre mayor, como yo, eso te refresca los sentidos y te devuelve a tu juventud, cuando todo era descubrimiento, desde el efecto de velado de un pincel cargado de agua sobre un papel hasta el olor de un perfume en el hombro de esa chica de los rizos. Ole no preguntaba, solo hacía y, luego, aseveraba – ¿A que está bien? ¿Trabajamos la firma, profe?

Dicen que tengo paciencia, no infinita, pero amplia, así que alargué mi tolerancia hasta el penúltimo día, el día que me dijo a grito pelado: ¡Es usted un mediocre de mierda! ¡No es capaz de enseñar nada de nada y mi firma sigue siendo un asco! Los demás chavales se quedaron helados. Me cargué de paciencia, lo cogí de los hombros y lo senté delante de mí: Mira Ole, le dije, todo es mucho trabajo, mucho esfuerzo y sacrificio. Para mejorar hay que preguntar a otros, compartir y vivir con… Aquí me paré. Me di cuenta de que Ole no estaba vivo, que, como muchos otros, estaba muerto. Entonces me acordé de Bruce Willis y sentí pena. Un crio de pocos años ya pagado de sí mismo, seguro de su genialidad y de la mediocridad del resto del universo, un crio muerto vagando entre vivos sin enterarse.

No hizo falta que lo acompañara a la puerta, se fue él sólo y tan solo como vino, al tiempo de dar un portazo soltó: ¡Cabrones inútiles! Sí, solté una lágrima, pero ya está.

 

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest

Share This
¿Te Puedo Ayudar?