Fueguitos

No me apetece entrar en el desastre, la desgracia o la probable inmoralidad en el incendio de Valencia. Así que voy directamente al grano.

En 1997, el organismo encargado de promover vivienda pública en una comunidad autónoma, finalizó la construcción de dos edificios de doce plantas que llevaban el sello de un reputadísimo arquitecto. Uno de los edificios se destinaba a alquiler, el otro era de compra y, como era de esperar, la noticia se aireó por todos los medios de comunicación hasta la náusea. Pisos grandes, luminosos, con parquin y trastero, en una zona que se revalorizaría también hasta la náusea. Mucha náusea.

Ciento cuatro familias, cincuenta y dos por edificio, iniciaron su andadura rodeados de unas obras que terminaron convirtiendo la zona en uno de los barrios más importantes de la ciudad. Entre ese inicio y la conclusión pasaron veinticinco años. Y, a los tres años del inicio, pasó una barbacoa.

El inquilino de uno de los pisos de la planta doce del edificio de alquiler, un señor de buen apetito, tuvo la ocurrencia de asar carne en el pequeño balcón para agasajar a unos invitados. En un suspiro el piso se puso a arder por todos lados. La cercanía del parque de bomberos, la ausencia de viento y la suerte impidieron un desastre mayor. No hubo víctimas.

Lo que ocurrió después se lo debemos agradecer al señor de la barbacoa y su brillante idea, así como al cuerpo de bomberos, que tuvieron los santos cojones de montar un pollo gigantesco y elevar un informe a las autoridades y, sobre todo, con copia a los medios de comunicación, a todos los medios, advirtiendo del peligro de esos edificios.

El escándalo fue monumental y todos los ojos se dirigieron al afamado arquitecto y a la administración pública. Cuando se cotejó la memoria de calidades del edificio con lo que realmente se había colocado en él, se vio que el afamado no tenía culpa y la administración tuvo dejación de control sobre la obra. La memoria de calidades y la realidad se parecían como un huevo a una castaña. Los vecinos pleitearon con la administración durante un par de años y, ante lo evidente, el clamor popular y la prensa, la administración acabó cediendo.

Las indemnizaciones a los vecinos y las obras de rehabilitación de los edificios, que duraron otros dos años, fachadas completas incluidas, y todo a costa del contribuyente, dejaron unos edificios de la hostia. ¿El constructor? Parece que no ha salido aún en esta historia. Ni saldrá.

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